LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

martes, 31 de marzo de 2020

NELFO, EL MITO QUE QUERÍA ESTAR SOLO




Un nuevo Sol de primavera despertaba a los habitantes del bosque de encinas. Comenzaron con sus cantos las oropéndolas y los herrerillos, seguidos de toda una orquesta formada por multitud de pajarillos. Entre ellos,  la familia de los mitos.
El mito es un pajarillo muy curioso. Para empezar, tiene un pico tan diminuto que apenas se distingue en su cara. Su cola es muy larga y su tamaño, poco más grande que una nuez. Tras el puñado de plumitas que envuelve su pequeño cuerpecito, que parece una bola de algodón, se esconde uno de los pájaros más pequeños. Cuando la lluvia cae sobre él y sus plumas se pegan al cuerpo, es cuando se descubre lo diminuto que es.
Pero si hay algo que caracteriza a los mitos, es su costumbre de ir de un lado a otro en grupo. Una pandilla de pequeños pájaros que no pueden dejar de moverse y canturrear un sonido muy raro “prrrr prrrr prrrr…” Cuando llegan a un lugar, van de arriba abajo y de izquierda a derecha sin parar, dando la sensación de que hay más mitos de los que en realidad hay.
Nelfo, es uno de los más jóvenes. Siempre va acompañando a su grupo: padres, hermanos, primos… en busca de pequeños insectos que se esconden entre las ramitas de los majuelos y las coscojas. Pero a Nelfo siempre le pareció que su familia era muy ruidosa y demasiado nerviosa. Que no paraban en un lugar para disfrutar del paisaje. Ellos sólo pensaban en buscar de comer y en revolotear entre las ramas. A él, eso, no le gustaba.
Un buen día, decidió marcharse hacia otro lugar. Así que abandonando el bosque donde nació y a toda su familia, se dirigió hacia la sierra. Voló toda la mañana sin descanso y para el medio día, ya estaba en un lugar al que llamaban El Pedregal y del que tantas historias había oído contar a sus abuelos. Aquello era fascinante para sus diminutos ojos.  Jamás podría haber imaginado tantas rocas juntas y con tan pocos árboles y arbustos. De pronto un canto melodioso llamó su atención. Un pájaro de color azul, estaba cantando desde una de las rocas. Su voz era poderosa y se podía oír desde mucha distancia. Nelfo pensó que quizás, podría enseñarle aquella zona y decirle donde encontrar algo de comer, pues ya le sonaban algo sus tripitas y por allí no había muchos sitios donde buscar. Así que en un plis plas se presentó junto a él.
-Hola señor, mi nombre es Nelfo y soy un mito.
-Hombre Nelfo, encantado –le dijo amablemente el pájaro azul. –Yo me llamo Blu y soy un roquero solitario.
-¡Guau! –exclamó el pequeño. –Un pájaro que vive sólo, que no necesita un montón de ruidosos compañeros alrededor –pensó para sí.
-¿Dónde caminas? –preguntó el roquero, extrañado de ver un ave como aquella en un pedregal como aquel. Tenía pinta de ser de los que viven en los árboles, como el carbonero o el herrerillo y no en las piedras, como las collalbas o las tarabillas.
-Pues verá usted –le contestó –soy de una familia formada por más de diez mitos, todos de la misma familia y vamos a todas partes juntos.
-Curioso. –Dijo el roquero –Y entonces… ¿qué haces tú aquí solo? ¿Te has perdido? Esta es una tierra muy salvaje y hay muchos peligros. Aquí vive el halcón y el cernícalo y hay que estar siempre muy atento.
-Bueno, eso no es problema para mí. En mi bosque vive el azor y el gavilán y también tenemos que estar en alerta. –Le respondió el pequeño. –No me he perdido, es que me he cansado de ir siempre en grupo a todas partes y he decidido venir a este roquedo a vivir yo solo. Si tú me pudieses ayudar te lo agradecería.
El roquero se encogió de hombros y asintió con la cabeza.
-Bien, en primer lugar habrá que buscar algo de comer. Supongo que estarás hambriento ¿no?
Al pequeño mito se le iluminaron los ojos y le rugieron las tripas como si tuviese un dragón metido dentro. –Sí por favor, tengo un hambre gigante.
Blu le acompañó por todo su territorio buscando comida. Le ofreció lagartijas y grillos, pero el pequeño Nelfo tenía un pico tan diminuto que no se los podía comer. Pasaron toda la tarde mirando entre las rocas y arbustos y sólo pudieron encontrar un par de gusanitos que el mito devoró en un segundo.
Cuando el Sol comenzó a esconderse por el horizonte, un aire frío empezó a soplar. Nelfo ahuecó su plumaje para conservar el calor y preguntó al roquero donde pasarían la noche. Blue, que estaba acostumbrado a la dureza de aquel paisaje, donde en verano hacía mucho calor y en invierno mucho frío, lo llevó hasta un huequecito que había entre dos piedras para que durmiera.
Aquella noche se le hizo muy larga al pequeñín. Tenía hambre y frío. Entonces empezó a echar de menos a su familia. Ahora estarían todos bien juntitos dándose calor, arropados entre las ramitas de una encina. Y sobre todo, con la barriguita bien llena de jugosos gusanos.
Cuando amaneció, se despidió de Blu. –Quiero darte las gracias por haberme enseñado tu pedregal. Has sido muy amable conmigo. Pero he de marcharme, pues echo de menos a mi familia y yo estoy hecho para vivir en el bosque.
El roquero, estaba de acuerdo con el pequeño pájaro. –Cada uno está hecho para vivir en una zona y si cambiamos, nos resultará muy duro. Creo que donde tú vas a ser realmente feliz, es con tu familia, recorriendo los árboles y arbustos de arriba abajo en busca de pequeños insectos. Algún día iré a visitarte.
Y chocando las plumas, se despidieron. Nelfo, voló toda la mañana hasta llegar de nuevo a su querido bosque. Aquel lugar acogedor, repleto de árboles, jugosas bayas y ricos insectos.
Pero ahora, cómo encontraría a su familia, se preguntó. Entonces, posado sobre una ramita de lentisco, guardó silencio. No había pasado un minuto cuando oyó a su grupo canturreando entre los majuelos “prrr prrr prrr”. Sin perder tiempo, fue en su búsqueda. Al llegar junto a ellos, todos se pusieron muy contentos de volver a verlo y él de verlos a ellos, y moviéndose de arriba abajo y de izquierda a derecha, se fueron en busca de comida para celebrar que Nelfo estaba de nuevo con su familia. Ahora él estaba feliz.

domingo, 29 de marzo de 2020

LOS CACHORRITOS DE MAMÁ GINETA



Mamá gineta decidió, que ya iba siendo hora de enseñar a sus pequeños como era el bosque donde vivían y aquella noche de luna llena, le pareció ideal. Sus tres cachorros, habían estado acurrucados desde que nacieron en el interior de un viejo tronco de álamo. Pasaban el día durmiendo y la noche, esperando a que mamá regresara de buscar comida para poder tomar un poquito de leche. De vez en cuando, haciendo un gran acto de valor, alguno asomaba su cabecilla por el hueco del tronco, pero rápidamente se volvía a la seguridad de su casita.
Aquella noche, su madre salió antes de lo habitual. Quiso preparar el camino por donde llevaría a sus pequeños y quería estar segura de que no habría ningún peligro. En su primera excursión, quería llevarles hasta la higuera que hay junto al arroyo, donde podrían encontrar sabrosos y dulces higos, bien rojos por dentro y cargados de miel. Una vez comprobado que no había ningún peligro, fue hasta su madriguera para despertarlos.
-¿Dónde están mis chiquitines? ¡Vamos! Hoy tengo una sorpresita para vosotros. Nos vamos de excursión.
Los pequeños, que estaban hechos una bola, comenzaron a desperezarse sin prisa. Sus largos bigotes se movían a la vez que la punta de su naricilla mientras sus pequeñas bocas, se abrían en largos bostezos.
-¡Venga, que se hace de día! –les dijo cariñosamente.
-Es que hace mucho frío y tenemos mucho sueño –contestó uno de ellos.
-¡Venga y no seáis holgazanes! Os aseguro que va a ser divertido.
Viendo que no iba a ser tarea fácil el sacarlos de la madriguera, preparó un plan que sabía que no podía fallar. Para ello, cogió un higo bien maduro, de esos que tienen mucha miel y huelen bien dulce y lo hizo pedacitos. Colocó los trozos formando un camino que empezaba a una cuarta de donde estaban acurrucados y se dirigía hacia la higuera, con la idea de que aquel aroma tan apetitoso, les hiciera salir.
Comenzó a moverse un poco la brisa y ese olorcillo rico se introdujo por la puerta de la madriguera. Al instante, sus naricillas comenzaron a moverse y la boca se les hizo agua. Poco a poco fueron abriendo los ojos y en un plis plas, estaban los tres asomados por el agujero del viejo álamo. Mamá gineta sonrió. Ella sabía que eso no podía fallar, como bien pudo comprobar ella cuando su madre, hizo lo mismo.
-Vaya, vaya. Parece que hay hambrecilla, ¿no?
-Sííí mami, tráenos un poquito de eso que huele tan bien.
-No, no. El que quiera comer, tiene que acompañarme hasta la higuera y allí podrá comer todos los que quiera. –Dijo aguantando la risa al ver sus caritas.
Aún hubo que esperar un poco para que se decidieran, pero aquel olor tan rico… Así que el más grande, hizo un pequeño esfuerzo y se aventuró por una rama que descendía desde la entrada. Al ver como se comía el primer trocito y como se relamía, las otras dos pequeñas ginetas le siguieron.
-¡Qué rico mami! –exclamaron los tres.
-Pues, seguidme que hoy lo vamos a celebrar comiéndonos todos los que queramos. Aunque tenéis que tener mucho cuidado y estar muy atentos, pues son muchos los peligros los que esconde el bosque cuando uno es pequeño como vosotros. Aunque vuestro pelo es gris y negro como la noche, y vuestras motas hacen que paséis desapercibidos, el búho tiene una vista magnífica y el zorro un gran olfato. Así que no os separéis de mí hasta que volvamos a la madriguera.
Y en fila india, encaminaron sus pasos hasta el lugar del arroyo donde se encontraba la higuera. Por encima de un grueso tronco de un árbol caído, cruzaron hasta la otra orilla y, caminando sobre un suave limo, fueron caminando entre las zarzamoras y rosales silvestres y los majuelos. Todo era nuevo para ellos. A veces, les llegaban olores que les resultaban muy apetitosos. Les recordaban a cuando su mami regresaba por la noche para darles la cena y venía impregnada de ellos. El bosque era maravilloso.
Por fin llegaron a la gran higuera y dieron cuenta de cuantos higos quisieron. Unos más duros, otros más dulces… Aprendieron que los que estaban en el suelo, eran los mejores pues habían caído por estar muy maduros. Fue la primera lección que aprendieron de mamá. Y tal y como llegaron, tomaron el camino de vuelta y regresaron hasta su reconfortante madriguera. Ahora, tenían sus barriguitas llenas y el sueño se apoderaba de ellos. Así que, tras dar un beso de buenas noches a su mamá, o mejor dicho, de buenos días, pues ellos se van a dormir cuando llega la mañana, se hicieron un rosquito y se quedaron profundamente dormidos.
Mamá gineta, con una tierna sonrisa en la cara, se echó a su lado y los abrigó con su reconfortante cuerpo.

sábado, 28 de marzo de 2020

EL MISTERIO DE LOS LADRONES DE FRUTA




-¡Atención! ¡Atención! –vociferó desde el cielo Josefina, la tórtola. –Reunión urgente de todos los animales en el claro del huerto. Allí donde está el viejo tronco de encina.
Todos los animalitos fueron dejando sus quehaceres y se dirigieron hacia el lugar señalado. El primero en llegar, fue el señor arrendajo, tipo serio y gruñón que siempre gritaba por todo.
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? –protestó –Es tiempo de recolectar bellotas y me habéis interrumpido.
-Sssshhhh –le siseó la tortuga. –Si habla usted así de exaltado enfermará y si nos han citado aquí, será por algo importante. Tenga un poco de paciencia.
Poco a poco, fue llegando el resto de animales que vivían cerca del huerto. Manel el carbonero, que se pirraba por las manzanas junto a su primo Kike el herrerillo. Tasu el tejón, experto en localizar lombrices. Bolo el erizo, con su pausado caminar. Mari la garduña y Teo el zorro, grandes devoradores de higos. Y en menos que canta un gallo, se dieron cita todos los que vivían cerca y se aprovisionaban de los frutos del huerto.
El murmullo fue creciendo, pues nadie sabía por qué se les había llamado ni quién lo había hecho exactamente. Entonces, una aguda voz, casi imperceptible, surgió desde el centro del viejo tronco. Era Eli, la señora lirón. Con su antifaz adornando la cabeza y con cara de pocos amigos llamó la atención de todos.
-¡Por favor! Silencio. He de hablaros de un asunto muy serio que no sé si sabéis.
Todos callaron con cierta  cara de preocupación. Qué sería aquello tan importante por lo que habían sido reclamados.
-No os habéis preguntado –continuó Eli -¿por qué últimamente hay menos fruta en el huerto? Bueno, concretamente en el suelo. Sí, esas piezas que caen del árbol cuando están maduras y que están más sabrosas.
Todos se miraron entre sí y asintieron con la cabeza. Aunque no habían reparado en ello, era cierto que cada vez había menos.
Bien –prosiguió –creo que hay alguien que se los está llevando y según el pacto del bosque, los frutos serán repartidos entre todos.
De nuevo el murmullo de todos se apoderó del claro del huerto.
A ver, silencio por favor –gritó Bolo, el erizo. –He de añadir que alguien deja mucha de esa fruta en la puerta de mi madriguera.
De nuevo el murmullo creció, aunque esta vez más alto que antes. -¿Qué era aquello que decía Bolo? ¿Alguien estaba robando la fruta para dejarla en la puerta de su casa? ¿Pero quién? –Era algo muy raro.
-Pues sí. Como sabéis, soy nuevo aquí y desde que llegué, noto cosas muy raras. Por la noche, a veces me golpean en la espalda, pero no veo quien es y a la mañana siguiente, varias piezas de fruta aparecen en la entrada de mi casita. ¡Es un misterio! –Exclamó.
Todos volvieron a murmurar. Habría algún duende en el huerto. Aquello siempre había sido un lugar muy tranquilo.
-¡Silencio! –Exclamó Eli de nuevo. –Propongo que hagamos guardia nocturna. Que los animales que viven de día vigilen mientras que haya luz y los que viven de noche, lo hagan cuando se ponga el Sol hasta que amanezca. Así hasta que se resuelva el misterio.
-¡Perfecto! –Exclamaron todos.
La primera guardia pasó sin ninguna novedad y los encargados de hacerla fueron las urracas Pica y María junto a Tero, el pájaro carpintero. Las frutas que habían caído del manzano y el peral, nadie las había robado y fueron repartidas entre todos.
Cuando la noche llegó, les tocó el turno a Motitas, la gineta y a Bolo, el erizo. Cada uno tiró por su lado con la idea de controlar el máximo espacio posible, pues era siempre de noche cuando se producían los robos. A la mañana siguiente, todos los animales se reunieron alrededor de la casita del señor Erizo. Muchas de las cerezas que habían caído esa noche, estaban a la entrada de su casita. -¡Él era el ladrón! –comenzaron a gritar todos los animales muy enfadados.
Pero cuando lo iban a echar del huerto por ladronzuelo, apareció Motitas llamando la atención de todos -¡Señoras y señores! Un momento por favor. –Dijo mientras intentaba aguantar la risa. –¡Creo que ya he descubierto el misterio! Es cierto que Bolo es el que se lleva la fruta a su casa, pero ¿no os habéis fijado que no la esconde en su casa? La deja siempre fuera, a la vista. Ningún ladrón haría eso. El ladrón la escondería para que no la viéramos.
-Eso es verdad –dijo Tordo, el zorzal.
-Os diré lo que pasa, porque ni siquiera el señor erizo sabe el por qué. Anoche, decidí seguir los pasos del Bolo por si era él el ladrón. Al pasar bajo el cerezo, un golpe de aire hizo que cayeran seis cerezas, de las cuales, tres le dieron a él en la espalda.
El erizo se quedó boquiabierto pues, recordó que alguien le había golpeado al pasar bajo el árbol de las cerezas, aunque decidió continuar porque no vio a nadie. El resto de animalitos, escuchaba con atención las explicaciones de Motitas, la gineta.
-Pues bien, como sabéis, los erizos tienen muchas púas y las cerezas se le quedaron pinchadas en la espalda. Cuando iba a amanecer y se retiró a su casita, que como todos sabéis tiene una puerta muy estrecha, las cerezas se desprendieron quedando amontonadas en la puerta. Así que él es el que lleva la fruta hasta su puerta, pero el pobre no lo sabía. –Y dicho esto, exclamó -¡Soy un genio! –y comenzó a reírse a carcajadas.
-¡Bravo! –gritaron todos riendo y dándose abrazos de alegría. Bueno, a todos menos al señor erizo que como sabéis, tiene el cuerpo cubierto de púas y pincha.

viernes, 27 de marzo de 2020

LA MARIQUITA VANIDOSA



Junto al borde del camino, en una planta de malva de flores rosas, vivía Juanita, la mariquita.
Estaba segura de que en el mundo, no había ningún animal más bello que ella. Los pájaros de vistosos plumajes como el abejaruco o el jilguero, eran muy bonitos, sí, pero en cuanto caían cuatro gotas de agua, sus plumas se volvían feas. En cambio, a ella no le ocurría ese contratiempo, pues su precioso caparazón anaranjado, salpicado de elegantes motas negras como el azabache, siempre estaba brillante y precioso.
Ella tenía dos antenitas la mar de elegantes y coquetas. Con el resto de animales ni se comparaba, pues sólo las aves le parecían un poquito bellas. Pero como ella, nadie.
Y pintándose las uñas, veía pasar a sus vecinos desde su planta de malva y a todos les dedicaba unas palabras: -Caracol, caracol, ¿dónde vas con tanta prisa? Ja ja ja –se burló.
El caracol paró su lenta marcha y le dijo con tono serio –No deberías burlarte de los demás.
Ja ja ja –continuaba riendo –pero ¿dónde vas con esa bola todo el día a la espalda?
-Es mi casita, viene conmigo y en ella me refugio. –Contestó el caracol
Vaya tontería. Bueno, continúa que no tengo tiempo para perderlo hablando contigo.
Al cabo del rato, un saltamontes verde como una lechuga apareció dando saltos sin parar.
-Saltamontes, saltamontes ¿dónde has dejado la pértiga? Ja ja ja –se burló. –Teniendo alas y vas pegando saltos. No me lo explico.
-Señorita mariquita –le contestó algo molesto pero acostumbrado a su carácter burlón –un insecto volando es presa fácil, sobre todo para los pájaros, que vuelan mejor. Así que si voy dando saltos, puedo confundirlos y escapar.
- Ya, pero son tan feas esas patas con esos pelos. Uff, es terrible –le contestó.
El saltamontes no quiso perder el tiempo y en un par de saltos desapareció entre la hierba.
Continuaba la mariquita dándose un tratamiento de belleza a base de polen de malva, mientras tatareaba una cancioncilla cuando de repente, exclamo: -Por favor, ¿eso qué es? Vaya animal más feo, con esas púas. ¡Parece un cactus! Ja j aja.
El señor erizo, bastante ofendido, le contestó: -Prefiero no ser una belleza y estar protegido. Cuando hay un peligro, me enrosco y ya no tengo miedo de nada, en cambio tú…
-Siga usted que no me interesa su charla. –Le interrumpió la mariquita mientras continuaba con su canturreo.
Como llevaba un buen rato sin pasar nadie por delante de ella y se aburría, decidió molestar al grillo que tranquilo estaba liado con su cri-crí a la puerta de su cueva. –Con lo mal que cantas y la cabeza tan grande que tienes, no me extraña que vivas dentro de un agujero. Ja ja ja –dijo en alto para que le oyera.
El grillo, cortó su cri-crí. –Muy llamativa eres tú y muy a la vista estás. Prefiero ser como soy y tener donde refugiarme.
Como siempre, cuando algo no le interesaba o no lo quería oír, mandaba continuar a los demás para que la dejaran tranquila.
A la mañana siguiente, amaneció con unos nubarrones muy negros y no tardó en comenzar a llover. Eran tan grandes las gotas que caían, que las hojas de la malva no podían resguardar a la mariquita y como pudo, intentó buscar refugio en otro lado. En ese momento, pensó en lo bien que estarían el caracol y el grillo dentro de sus casitas. Al alzar el vuelo, una gota golpeó sus frágiles alas dejándolas completamente mojadas y haciéndola caer al suelo. Fue en ese momento cuando se acordó del saltamontes, que gracias a sus feas pero potentes patas, podía buscar dando saltos un lugar adecuado para refugiarse.
El agua comenzó a formar pequeños riachuelos que para ella, debido a su pequeño tamaño, parecían grandes ríos que arrastraban su débil cuerpecillo. Pero, cuando pensó que ya todo estaba perdido, el señor erizo la recogió con una de sus patitas y la puso a salvo.
Cuando todo pasó, y al día siguiente apareció el Sol brillante, la mariquita volvió a subir a su planta de malva y llamó la atención de sus vecinos, pero en esta ocasión no se burló de ellos, sino que agradeció la ayuda al señor erizo y se disculpó con los demás. Desde entonces, nunca más volvió a reírse de nadie y comprendió que cada uno es como es y todos tienen su encanto.

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