Había
amanecido uno de esos días de sol tan agradables, que no había ni un solo
animalito que no lo estuviese celebrando. Las libélulas paseaban sus plateadas alas
por la orilla del lago. Las abejas y mariposas andaban de visita por cada una
de las flores de romero que aquella mañana de abril se habían abierto para
saludar al día. Un incesante ejercito de trabajadoras hormigas, transportaba
semillas hasta su enterrado almacén. Todo parecía ir a las mil maravillas.
¿Todo? ¡Todo no!
Un desconsolado llanto venía desde los
juncos que nacían bajo el gran sauce. Cucharín, una de las crías de pato
cuchara, lloraba sin consuelo. Su madre, se acercó apenada
–¿Qué te ocurre Cucharín? –le preguntó.
Y el joven pato, tomando aire con un gran
suspiro y secándose las lágrimas con las plumas de su ala le dijo: –Mamá, soy
feo y torpe ¿Por qué?
–¿Quién te ha dicho eso mi amor? Si eres
precioso.
–Qué vas a decir tú, si eres mi madre –le
dijo Cucharín. – ¿No has visto el pico tan grande que tengo? No es como el de
la abubilla, delgado, curvo y elegante.
La madre sonrió –Vamos a ver, tu siempre has
dicho que admirabas a los humanos ¿no?
–Si mamá –respondió el joven prestándole
atención.
–Pues ellos, a los que tanto admiras, cuando
van a comer cogen una cosa parecida a tu pico, una cuchara. Eso quiere decir
que a ellos, les parece útil lo que a ti te dio la naturaleza.
El pequeño pato secó las lágrimas de sus
ojos. Por un momento había quedado fascinado. Los humanos lo imitaban para
comer. Pero, de nuevo, rompió a llorar. –Si mamá, pero soy torpe. ¿Acaso no has
visto correr al galgo? Es ágil y veloz.
Mamá pato, acariciando a Cucharín con su
pico le dijo: –Es cierto que los galgos son veloces pero, también lo somos
nosotros.
– ¿Nosotros? –preguntó extrañado.
–Claro hijo mío. Somos capaces de recorrer
la misma distancia que el galgo y en menos tiempo. Es más, lo hacemos volando.
Podemos incluso, hacerlo a la vez que disfrutamos del paisaje, viendo las cosas
desde el cielo. El galgo es un animal veloz, pero que rápidamente se cansa. En
cambio tú, algún día, podrás recorrer distancias enormes. Incluso, podrás
recorrer varios países.
Cucharín, algo más animado, dejó de llorar.
–Y que me dices de nuestra voz, tan sólo
hacemos “cuak, cuak”, mientras que otras aves, como el ruiseñor, tienen lindos
cantos.
De nuevo la mamá de Cucharín sonrió –Es
verdad que los ruiseñores tienen un melodioso canto, pero en cambio sus colores
son pardos y viven escondidos entre las zarzas, donde nadie los puede
contemplar. En cambio, nosotros vivimos en el centro de la laguna, donde todos
nos pueden ver. Nuestras plumas son el reflejo de la belleza, sobre todo en los
machos, mira a tu padre, que además tiene unos bonitos ojos de color amarillo y
un espejo de color verde adorna nuestras alas. Qué más da que sólo hagamos
“cuak” si somos animales bellos.
Entonces Cucharín, mucho más animado, tomó
una pose elegante y le dijo a su mamá: – ¡Tienes razón!
–Claro que sí, hijo mío. Cada uno ha de
intentar ser feliz como es, sin envidiar las cualidades de los demás, pues
todos los animales han de intentar vivir felices con sus defectos y virtudes.
Cucharín, aleteó feliz y se marchó al centro
de la laguna junto a sus hermanos. Ahora se sentía feliz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario