A principios de otoño, cuando los días se hacen
más cortos y frescos, una multitud de animalillos se va preparando para recibir
al invierno. Para que cuando lleguen las grandes nevadas no les sorprendan sin
comida, van recogiendo los frutos que el bosque les ofrece, bellotas,
avellanas, piñones, hayucos… y, formando una gran despensa, los esconden bajo
tierra.
Dos de los más atareados son la ardilla
“Milla”, que con sus manos escarba en la tierra cubierta por las hojas y, tras
depositar los frutos, los cubre para que nadie se los pueda quitar. Y el arrendajo “Gajo”, que al igual que
Milla, esconde las bellotas enterrándolas con ayuda de su fuerte pico.
“Toc, toc, toc,…” van cayendo los frutos de
la encina y ellos, sin perder un solo
momento, se dan prisa en recogerlos y enterrarlos.
De pronto, algo llamó su atención. Un gran
golpe “TOC”, se oyó bajo la encina que hay junto al nacimiento del río. Si
había sonado así de fuerte, ¡imaginad el tamaño que tendría!
Los dos, Milla y Gajo, corrieron y volaron
tan rápido como pudieron para poder conseguir tan delicioso manjar. Al llegar,
pudieron contemplar aquella gran bellota. Brillaba su piel y aún conservaba su
típico sombrerillo. Sin pensarlo, los dos se lanzaron a por ella. Aquel bocado
tan rico era todo un tesoro para el invierno.
Pero, como ocurre a veces, los dos llegaron
a la vez y a la vez atraparon la bellota. Milla tiraba de un lado con sus
manitas, mientras que Gajo lo hacía para el otro con su pico.
–Es mía –gritó la ardilla.
Gajo, que no podía hablar porque si habría
el pico soltaba su el preciado fruto, dijo que no con las alas.
Tirando de un lado para otro, pudieron estar
varias horas y ninguno daba su brazo a torcer. ¡Cómo iban a perder aquel manjar!
Entonces, una vocecilla les llamó la
atención.
–¡Señores por favor! –Les
habló el ratón Ton –Si seguís así, va a llegar el invierno y todavía estaréis
tirando de la bellota de un lado para otro. Creo que podéis hacer una
competición, y el que gane se queda con ella.
–¡De acuerdo! –dijeron los
dos algo cansados.
Como la competición se presentaba
interesante y reñida, poco a poco se fueron acercando más y más animales para
verla. El señor topo, las cigarras, el pájaro carpintero, ratones, petirrojos…
Bueno, pues para ser justos creo que cada
uno de vosotros debe de proponer una prueba.
–Empezaré yo! –Dijo Milla, la
ardilla –Podemos hacer dos montones con veinte bellotas cada uno y el que las
entierre primero, ¡habrá ganado!
Se prepararon y cuando el ratón dio la
señal, comenzaron a enterrarlas. La ardilla, ayudada por sus manitas, fue más
rápida que su rival, te tenía que hacer los agujeros con el pico. Por lo tanto,
fue declarada vencedora de la prueba.
Los ratones, topillos y musarañas le
aplaudían con entusiasmo.
Gajo, un poco enfadado propuso su prueba. –Hay
que coger una bellota y subirla a la copa de la encina que hay cruzando el río.
Ton, el ratón, dio la señal de inicio y
antes de que Milla hubiese dado diez pasos, el arrendajo voló hasta la copa del
árbol con la bellota en el pico. Ahora era él, el que había ganado. Todos los
pájaros aplaudieron a su compañero –
¡Bravo! ¡Eres el mejor!
Bien –dijo
el ratón –por lo que se ve, estáis empatados. Habrá que
buscar otra solución. Si os parece bien, podemos declarar ganador, al animal
más bello.
Los dos, que pensaban que eran los animales
más guapos del bosque, aceptaron complacidos y seguros de verse ganadores.
Además de poder llevarse la bellota, podían exhibirse ante el resto de
animales.
Un tronco cortado, serviría de escenario a
propuesta de Ton, el ratón.
La primera en subir fue Milla –¡Mirad
mi pelo pelirrojo!
–¡Oooh! –exclamaron los
topillos.
–Y mi cola ancha y curvada.
Con ella casi puedo volar de árbol a árbol.
–¡Aaah! –quedaron
boquiabiertos los lirones.
–¿Os habéis fijado en mis
orejas? Parecen pinceles. Creo que está claro que soy el animal más bello.
–Siii –aplaudieron los
ratones, las musarañas y el señor topo.
Ahora era el turno del Gajo, el arrendajo.
–Mirad mi pico, es robusto y
grande, y gracias a él, soy un animal fuerte.
–¡Oooh! –Le
admiraron los pequeños pajarillos que se habían dado cita en el bosque para la
competición.
–Tengo
un gran bigote, como los grandes señores.
–¡Aaah! –quedó fascinada la
oropéndola que aplaudía desde un sauce cercano.
–Y que decís de las plumas de
mis alas. Son blancas, negras y de un azul intenso.
–¡Bravo, bravo! –aplaudieron
todos los pájaros. Las currucas, acentores, mosquiteros…
De pronto, Milla, la ardilla, pegó un grito –¿Dónde
está la bellota?¿Quién ha osado robarla?
Una risa aguda les hizo girar la cabeza
hacia donde se encontraba Ton, el ratón.
–Ji, ji, ji… mientras los dos
competíais para ver quién era el mejor, vuestra vanidad no os ha dejado ver
cómo me he estado comiendo la bellota poco a poco. El tiempo que habéis
dedicado en pelear por ella, lo podíais haber empleado en recoger bellotas más
pequeñas y, ahora, tendríais un gran montón cada uno.
La ardilla Milla y el arrendajo Gajo,
aprendieron la lección. La avaricia no es cosa buena. Y desde entonces, recogen
las bellotas en el bosque sin molestarse el uno a la otra.

Preciosa Antonio, ya te lo he dicho eres todo un genio amigo.
ResponderEliminarMuchísimas gracias amigo!!
EliminarBonito cuento, con su estupenda moraleja.
ResponderEliminarSaludos
Muchísimas gracias!!
EliminarBonito e instructivo.
ResponderEliminarGracias Paco!!!
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