-¡Atención! ¡Atención! –vociferó desde
el cielo Josefina, la tórtola. –Reunión urgente de todos los animales en el
claro del huerto. Allí donde está el viejo tronco de encina.
Todos los animalitos fueron
dejando sus quehaceres y se dirigieron hacia el lugar señalado. El primero en
llegar, fue el señor arrendajo, tipo serio y gruñón que siempre gritaba por
todo.
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? –protestó
–Es tiempo de recolectar bellotas y me habéis interrumpido.
-Sssshhhh –le siseó la tortuga. –Si
habla usted así de exaltado enfermará y si nos han citado aquí, será por algo
importante. Tenga un poco de paciencia.
Poco a poco, fue llegando el resto
de animales que vivían cerca del huerto. Manel el carbonero, que se pirraba por
las manzanas junto a su primo Kike el herrerillo. Tasu el tejón, experto en
localizar lombrices. Bolo el erizo, con su pausado caminar. Mari la garduña y Teo
el zorro, grandes devoradores de higos. Y en menos que canta un gallo, se
dieron cita todos los que vivían cerca y se aprovisionaban de los
frutos del huerto.
El murmullo fue creciendo, pues
nadie sabía por qué se les había llamado ni quién lo había hecho exactamente.
Entonces, una aguda voz, casi imperceptible, surgió desde el centro del viejo
tronco. Era Eli, la señora lirón. Con su antifaz adornando la cabeza y con cara
de pocos amigos llamó la atención de todos.
-¡Por favor! Silencio. He de
hablaros de un asunto muy serio que no sé si sabéis.
Todos callaron con cierta cara de preocupación. Qué sería aquello tan
importante por lo que habían sido reclamados.
-No os habéis preguntado –continuó
Eli -¿por qué últimamente hay menos fruta en el huerto? Bueno, concretamente en
el suelo. Sí, esas piezas que caen del árbol cuando están maduras y que están
más sabrosas.
Todos se miraron entre sí y asintieron
con la cabeza. Aunque no habían reparado en ello, era cierto que cada vez había
menos.
Bien –prosiguió –creo que hay
alguien que se los está llevando y según el pacto del bosque, los frutos serán
repartidos entre todos.
De nuevo el murmullo de todos se
apoderó del claro del huerto.
A ver, silencio por favor –gritó Bolo,
el erizo. –He de añadir que alguien deja mucha de esa fruta en la puerta de mi
madriguera.
De nuevo el murmullo creció, aunque
esta vez más alto que antes. -¿Qué era aquello que decía Bolo? ¿Alguien estaba
robando la fruta para dejarla en la puerta de su casa? ¿Pero quién? –Era algo
muy raro.
-Pues sí. Como sabéis, soy nuevo
aquí y desde que llegué, noto cosas muy raras. Por la noche, a veces me golpean
en la espalda, pero no veo quien es y a la mañana siguiente, varias piezas de
fruta aparecen en la entrada de mi casita. ¡Es un misterio! –Exclamó.
Todos volvieron a murmurar.
Habría algún duende en el huerto. Aquello siempre había sido un lugar muy
tranquilo.
-¡Silencio! –Exclamó Eli de
nuevo. –Propongo que hagamos guardia nocturna. Que los animales que viven de
día vigilen mientras que haya luz y los que viven de noche, lo hagan cuando se
ponga el Sol hasta que amanezca. Así hasta que se resuelva el misterio.
-¡Perfecto! –Exclamaron todos.
La primera guardia pasó sin
ninguna novedad y los encargados de hacerla fueron las urracas Pica y María
junto a Tero, el pájaro carpintero. Las frutas que habían caído del manzano y
el peral, nadie las había robado y fueron repartidas entre todos.
Cuando la noche llegó, les tocó
el turno a Motitas, la gineta y a Bolo, el erizo. Cada uno tiró por su lado con
la idea de controlar el máximo espacio posible, pues era siempre de noche
cuando se producían los robos. A la mañana siguiente, todos los animales se
reunieron alrededor de la casita del señor Erizo. Muchas de las cerezas que
habían caído esa noche, estaban a la entrada de su casita. -¡Él era el ladrón! –comenzaron
a gritar todos los animales muy enfadados.
Pero cuando lo iban a echar del
huerto por ladronzuelo, apareció Motitas llamando la atención de todos
-¡Señoras y señores! Un momento por favor. –Dijo mientras intentaba aguantar la
risa. –¡Creo que ya he descubierto el misterio! Es cierto que Bolo es el que se
lleva la fruta a su casa, pero ¿no os habéis fijado que no la esconde en su
casa? La deja siempre fuera, a la vista. Ningún ladrón haría eso. El ladrón la
escondería para que no la viéramos.
-Eso es verdad –dijo Tordo, el
zorzal.
-Os diré lo que pasa, porque ni
siquiera el señor erizo sabe el por qué. Anoche, decidí seguir los pasos del
Bolo por si era él el ladrón. Al pasar bajo el cerezo, un golpe de aire hizo
que cayeran seis cerezas, de las cuales, tres le dieron a él en la espalda.
El erizo se quedó boquiabierto
pues, recordó que alguien le había golpeado al pasar bajo el árbol de las
cerezas, aunque decidió continuar porque no vio a nadie. El resto de
animalitos, escuchaba con atención las explicaciones de Motitas, la gineta.
-Pues bien, como sabéis, los
erizos tienen muchas púas y las cerezas se le quedaron pinchadas en la espalda.
Cuando iba a amanecer y se retiró a su casita, que como todos sabéis tiene una
puerta muy estrecha, las cerezas se desprendieron quedando amontonadas en la
puerta. Así que él es el que lleva la fruta hasta su puerta, pero el pobre no
lo sabía. –Y dicho esto, exclamó -¡Soy un genio! –y comenzó a reírse a
carcajadas.
-¡Bravo! –gritaron todos riendo y
dándose abrazos de alegría. Bueno, a todos menos al señor erizo que como
sabéis, tiene el cuerpo cubierto de púas y pincha.
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