LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

sábado, 28 de marzo de 2020

EL MISTERIO DE LOS LADRONES DE FRUTA




-¡Atención! ¡Atención! –vociferó desde el cielo Josefina, la tórtola. –Reunión urgente de todos los animales en el claro del huerto. Allí donde está el viejo tronco de encina.
Todos los animalitos fueron dejando sus quehaceres y se dirigieron hacia el lugar señalado. El primero en llegar, fue el señor arrendajo, tipo serio y gruñón que siempre gritaba por todo.
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? –protestó –Es tiempo de recolectar bellotas y me habéis interrumpido.
-Sssshhhh –le siseó la tortuga. –Si habla usted así de exaltado enfermará y si nos han citado aquí, será por algo importante. Tenga un poco de paciencia.
Poco a poco, fue llegando el resto de animales que vivían cerca del huerto. Manel el carbonero, que se pirraba por las manzanas junto a su primo Kike el herrerillo. Tasu el tejón, experto en localizar lombrices. Bolo el erizo, con su pausado caminar. Mari la garduña y Teo el zorro, grandes devoradores de higos. Y en menos que canta un gallo, se dieron cita todos los que vivían cerca y se aprovisionaban de los frutos del huerto.
El murmullo fue creciendo, pues nadie sabía por qué se les había llamado ni quién lo había hecho exactamente. Entonces, una aguda voz, casi imperceptible, surgió desde el centro del viejo tronco. Era Eli, la señora lirón. Con su antifaz adornando la cabeza y con cara de pocos amigos llamó la atención de todos.
-¡Por favor! Silencio. He de hablaros de un asunto muy serio que no sé si sabéis.
Todos callaron con cierta  cara de preocupación. Qué sería aquello tan importante por lo que habían sido reclamados.
-No os habéis preguntado –continuó Eli -¿por qué últimamente hay menos fruta en el huerto? Bueno, concretamente en el suelo. Sí, esas piezas que caen del árbol cuando están maduras y que están más sabrosas.
Todos se miraron entre sí y asintieron con la cabeza. Aunque no habían reparado en ello, era cierto que cada vez había menos.
Bien –prosiguió –creo que hay alguien que se los está llevando y según el pacto del bosque, los frutos serán repartidos entre todos.
De nuevo el murmullo de todos se apoderó del claro del huerto.
A ver, silencio por favor –gritó Bolo, el erizo. –He de añadir que alguien deja mucha de esa fruta en la puerta de mi madriguera.
De nuevo el murmullo creció, aunque esta vez más alto que antes. -¿Qué era aquello que decía Bolo? ¿Alguien estaba robando la fruta para dejarla en la puerta de su casa? ¿Pero quién? –Era algo muy raro.
-Pues sí. Como sabéis, soy nuevo aquí y desde que llegué, noto cosas muy raras. Por la noche, a veces me golpean en la espalda, pero no veo quien es y a la mañana siguiente, varias piezas de fruta aparecen en la entrada de mi casita. ¡Es un misterio! –Exclamó.
Todos volvieron a murmurar. Habría algún duende en el huerto. Aquello siempre había sido un lugar muy tranquilo.
-¡Silencio! –Exclamó Eli de nuevo. –Propongo que hagamos guardia nocturna. Que los animales que viven de día vigilen mientras que haya luz y los que viven de noche, lo hagan cuando se ponga el Sol hasta que amanezca. Así hasta que se resuelva el misterio.
-¡Perfecto! –Exclamaron todos.
La primera guardia pasó sin ninguna novedad y los encargados de hacerla fueron las urracas Pica y María junto a Tero, el pájaro carpintero. Las frutas que habían caído del manzano y el peral, nadie las había robado y fueron repartidas entre todos.
Cuando la noche llegó, les tocó el turno a Motitas, la gineta y a Bolo, el erizo. Cada uno tiró por su lado con la idea de controlar el máximo espacio posible, pues era siempre de noche cuando se producían los robos. A la mañana siguiente, todos los animales se reunieron alrededor de la casita del señor Erizo. Muchas de las cerezas que habían caído esa noche, estaban a la entrada de su casita. -¡Él era el ladrón! –comenzaron a gritar todos los animales muy enfadados.
Pero cuando lo iban a echar del huerto por ladronzuelo, apareció Motitas llamando la atención de todos -¡Señoras y señores! Un momento por favor. –Dijo mientras intentaba aguantar la risa. –¡Creo que ya he descubierto el misterio! Es cierto que Bolo es el que se lleva la fruta a su casa, pero ¿no os habéis fijado que no la esconde en su casa? La deja siempre fuera, a la vista. Ningún ladrón haría eso. El ladrón la escondería para que no la viéramos.
-Eso es verdad –dijo Tordo, el zorzal.
-Os diré lo que pasa, porque ni siquiera el señor erizo sabe el por qué. Anoche, decidí seguir los pasos del Bolo por si era él el ladrón. Al pasar bajo el cerezo, un golpe de aire hizo que cayeran seis cerezas, de las cuales, tres le dieron a él en la espalda.
El erizo se quedó boquiabierto pues, recordó que alguien le había golpeado al pasar bajo el árbol de las cerezas, aunque decidió continuar porque no vio a nadie. El resto de animalitos, escuchaba con atención las explicaciones de Motitas, la gineta.
-Pues bien, como sabéis, los erizos tienen muchas púas y las cerezas se le quedaron pinchadas en la espalda. Cuando iba a amanecer y se retiró a su casita, que como todos sabéis tiene una puerta muy estrecha, las cerezas se desprendieron quedando amontonadas en la puerta. Así que él es el que lleva la fruta hasta su puerta, pero el pobre no lo sabía. –Y dicho esto, exclamó -¡Soy un genio! –y comenzó a reírse a carcajadas.
-¡Bravo! –gritaron todos riendo y dándose abrazos de alegría. Bueno, a todos menos al señor erizo que como sabéis, tiene el cuerpo cubierto de púas y pincha.

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