Mamá gineta decidió,
que ya iba siendo hora de enseñar a sus pequeños como era el bosque donde
vivían y aquella noche de luna llena, le pareció ideal. Sus tres cachorros,
habían estado acurrucados desde que nacieron en el interior de un viejo tronco
de álamo. Pasaban el día durmiendo y la noche, esperando a que mamá regresara
de buscar comida para poder tomar un poquito de leche. De vez en cuando,
haciendo un gran acto de valor, alguno asomaba su cabecilla por el hueco del
tronco, pero rápidamente se volvía a la seguridad de su casita.
Aquella noche, su
madre salió antes de lo habitual. Quiso preparar el camino por donde llevaría a
sus pequeños y quería estar segura de que no habría ningún peligro. En su
primera excursión, quería llevarles hasta la higuera que hay junto al arroyo,
donde podrían encontrar sabrosos y dulces higos, bien rojos por dentro y
cargados de miel. Una vez comprobado que no había ningún peligro, fue hasta su
madriguera para despertarlos.
-¿Dónde están mis
chiquitines? ¡Vamos! Hoy tengo una sorpresita para vosotros. Nos vamos de
excursión.
Los pequeños, que estaban
hechos una bola, comenzaron a desperezarse sin prisa. Sus largos bigotes se
movían a la vez que la punta de su naricilla mientras sus pequeñas bocas, se
abrían en largos bostezos.
-¡Venga, que se hace
de día! –les dijo cariñosamente.
-Es que hace mucho
frío y tenemos mucho sueño –contestó uno de ellos.
-¡Venga y no seáis
holgazanes! Os aseguro que va a ser divertido.
Viendo que no iba a
ser tarea fácil el sacarlos de la madriguera, preparó un plan que sabía que no
podía fallar. Para ello, cogió un higo bien maduro, de esos que tienen mucha
miel y huelen bien dulce y lo hizo pedacitos. Colocó los trozos formando un
camino que empezaba a una cuarta de donde estaban acurrucados y se dirigía
hacia la higuera, con la idea de que aquel aroma tan apetitoso, les hiciera
salir.
Comenzó a moverse un
poco la brisa y ese olorcillo rico se introdujo por la puerta de la madriguera.
Al instante, sus naricillas comenzaron a moverse y la boca se les hizo agua. Poco
a poco fueron abriendo los ojos y en un plis plas, estaban los tres asomados
por el agujero del viejo álamo. Mamá gineta sonrió. Ella sabía que eso no podía
fallar, como bien pudo comprobar ella cuando su madre, hizo lo mismo.
-Vaya, vaya. Parece
que hay hambrecilla, ¿no?
-Sííí mami, tráenos un
poquito de eso que huele tan bien.
-No, no. El que quiera
comer, tiene que acompañarme hasta la higuera y allí podrá comer todos los que
quiera. –Dijo aguantando la risa al ver sus caritas.
Aún hubo que esperar
un poco para que se decidieran, pero aquel olor tan rico… Así que el más
grande, hizo un pequeño esfuerzo y se aventuró por una rama que descendía desde
la entrada. Al ver como se comía el primer trocito y como se relamía, las otras
dos pequeñas ginetas le siguieron.
-¡Qué rico mami! –exclamaron
los tres.
-Pues, seguidme que
hoy lo vamos a celebrar comiéndonos todos los que queramos. Aunque tenéis que
tener mucho cuidado y estar muy atentos, pues son muchos los peligros los que
esconde el bosque cuando uno es pequeño como vosotros. Aunque vuestro pelo es
gris y negro como la noche, y vuestras motas hacen que paséis desapercibidos,
el búho tiene una vista magnífica y el zorro un gran olfato. Así que no os
separéis de mí hasta que volvamos a la madriguera.
Y en fila india,
encaminaron sus pasos hasta el lugar del arroyo donde se encontraba la higuera.
Por encima de un grueso tronco de un árbol caído, cruzaron hasta la otra orilla
y, caminando sobre un suave limo, fueron caminando entre las zarzamoras y
rosales silvestres y los majuelos. Todo era nuevo para ellos. A veces, les
llegaban olores que les resultaban muy apetitosos. Les recordaban a cuando su
mami regresaba por la noche para darles la cena y venía impregnada de ellos. El
bosque era maravilloso.
Por fin llegaron a la
gran higuera y dieron cuenta de cuantos higos quisieron. Unos más duros, otros
más dulces… Aprendieron que los que estaban en el suelo, eran los mejores pues
habían caído por estar muy maduros. Fue la primera lección que aprendieron de
mamá. Y tal y como llegaron, tomaron el camino de vuelta y regresaron hasta su
reconfortante madriguera. Ahora, tenían sus barriguitas llenas y el sueño se
apoderaba de ellos. Así que, tras dar un beso de buenas noches a su mamá, o
mejor dicho, de buenos días, pues ellos se van a dormir cuando llega la mañana,
se hicieron un rosquito y se quedaron profundamente dormidos.
Mamá gineta, con una
tierna sonrisa en la cara, se echó a su lado y los abrigó con su reconfortante
cuerpo.

Debe ser bonito ver una familia de ginetas alimentándose todos juntos.
ResponderEliminarSaludos
Yo no las he visto alimentándose, pero si las he visto jóvenes y son una monada
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