Reuniéronse los
animales un tanto extrañados. Era primavera y los campos estaban tranquilos. No
se veían humanos andando por los caminos, apenas había gente trabajando las
tierras y eran pocos los coches que transitaban por las carreteras. Los que se
aventuraban a salir de sus casas, portaban guantes y algo raro tapaba sus
caras.
-Pobres –comentó el
búho, un ave muy sabia que cada atardecer se asomaba desde su hueco en el
cantil. –Están recluidos en sus casas y lo están pasando mal. Creo que nos toca
a nosotros hacer un concierto con nuestras voces para que, cuando nos oigan,
les sea más ameno su encierro.
Muchos aplaudieron la propuesta
del señor búho y a todos les pareció una idea fantástica. Pero se preguntaban
que podrían cantar que fuera agradable para los humanos y como se organizarían
para hacerlo.
Unos estorninos que
estaban en la reunión, muy aficionados a imitar los sonidos, propusieron una
canción que en ocasiones habían oído cantar a los hombres y mujeres en la ciudad.
Se llamaba “El Himno de la Alegría”.
La elección les
pareció muy acertada y se pusieron patas a la obra.
-Entre todos deberemos
escoger a los que cantan mejor, los que harán los solos, que instrumentos
podemos tocar y quien estará para apoyar y aplaudir, porque está claro que no
todos cantamos bien.
A los allí congregados
les pareció una gran idea y para empezar, decidieron seleccionar a los que
cantaban mejor. Sin temor a equivocarse, se ofrecieron los ruiseñores, las
currucas capirotadas, las oropéndolas, los chochines, los jilgueros y los
petirrojos.
Para las voces graves,
se apuntaron los ciervos y los gamos, acostumbrados a dejarse la voz cada año
en las dehesas, apoyados por el avetoro que sin mover ni una pluma y sin
pestañear lanzó su profunda voz. –YOOOO.
Muchos fueron los que
se apuntaron para hacer los coros. Pinzones, chamarines, carriceros, gorriones,
linces, ranas, sapos, abejorros…
La percusión la
distribuyeron de la siguiente manera, el picogordo tocaría los platillos, pues
tenía un canto un tanto estridente. A la batería estarían los pájaros
carpinteros y las cigüeñas y el bombo lo tocarían los conejos. De apoyo, por si
alguno fallaba, estaría el urogallo, que de vez en cuando gustaba de marcarse
unos redobles. No de la calidad de los carpinteros, pero podría valer.
A las flautas, mirlos
y zorzales por supuesto. Eso fue un grito unánime, aunque al final tuvieron que
aceptar a los mosquitos como trompetistas.
Las garzas
directamente se ofrecieron para ir a por los refrigerios, pues, después de todo
habría que hacer una comida de hermandad y ellas sabían que cantaban muy mal.
Rápidamente se ofrecieron a ayudarlas los gansos, los martinetes, las grullas,
los cuervos y los arrendajos.
Estuvieron dudando un
buen rato de quienes serían los apropiados para tocar las palmas, y al final
acordaron que los que tenían un canto más parecido a las palmas eran los patos.
Pero eso sí, tendrían que estar un buen rato dándole a los picos para que los
aplausos fueran generosos.
Pensaron que el
aullido de un lobo como colofón, sería fantástico, así que quedaron adjudicados
por unanimidad.
Como estarían muchos
animales allí, suponían que de vez en cuando, habría que mandar callar, y para
eso tenían claro quienes se iban a encargar de ello, las serpientes, que para
eso siseaban estupendamente. Además, por si había aglomeraciones, necesitarían a
unos buenos mozos encargados de la seguridad y eso les fue encargado a los
osos.
Como ambiente festivo
que querían dar a aquel espectáculo, pues se trataba de que los humanos
disfrutaran, dispusieron que aves de bello plumaje que no fueran a cantar,
pasaran volando por las calles a modo de serpentinas y fueron los abejarucos,
los martines pescadores, las abubillas y las carracas los elegidos por la
mayoría.
Todo dispuesto,
eligieron el 8 de abril para rendir este homenaje a las personas que ahora
estaban encerradas en sus casas. Es decir, hoy.
Cuando comenzaron a
cantar todos a la vez, con el señor búho batuta en mano, los humanos comenzaron
a acercarse a las ventanas, a los balcones y terrazas.
-¿Qué es eso mamí?
–preguntaron Alfonso y Hugo.
-Son los pájaros hijos
y están cantando para nosotros.
Alguna lágrima se le
escapó a los más sensibles, recordando a todos aquellos que lo estaban pasando
mal, a los que se arriesgaban cada día ayudando a los demás y a los que, por
desgracia, no tenían un techo que los cobijase. Aquella música estaba tan bien
compuesta, que uno tras otro fueron agarrando la mano del de al lado acabando
con una sonrisa en la cara y la ilusión de que aquello, pasara pronto y todos
volvieran a respirar tranquilos.



