Todos los años, las
aves cantoras se reunían en un parque para hacer un concurso de canto. En él,
se valoraban las voces típicas de cada uno de ellas, pero también el esfuerzo
que habían hecho durante el año por aprender el canto del resto de las aves.
La verdad es que a
veces resultaba un poco aburrido, y no porque no fuera maravilloso oír a todos
aquellos pajarillos cantar, sino porque siempre eran los mismos los que ganaban
el premio, la calandria Pepi y Nino el estornino.
Pepi, pasaba los días
en la campiña volando muy muy alto y desde allí, tomaba nota del canto de los
demás pájaros. Así, imitaba a la perfección a la cogujada, avecilla muy coqueta
que lucía un espigado moño y que solía subirse encima de un terrón de barro
para cantar. También estaba pendiente de los cantos de los abejarucos cuando
pasaban por su trigal en busca de insectos voladores, con su traje de plumas de
colores y que parecían trozos del arcoíris. A veces, copiaba sin dificultad los
trinos de los pardillos, que cantaban mientras daban cuenta de las semillas de
los jaramagos. Y así, había añadido a su canto el de más de una docena de
pajarillos que vivían en su campiña.
Nino, el estornino,
era un maestro copiando el canto de otras aves y el de decenas de sonidos que
oía por las calles. De ese modo, subido a su antena preferida, imitaba a la
perfección el maullido del águila ratonera o el canto de los gorriones. También
jugaba a remedar los gorgoritos de las oropéndolas o las “miadas” de los
mochuelos. Pero si en algo era especialista, era en imitar sonidos que había en
los pueblos y ciudades, pues lo mismo hacía chasquidos que silbaba como si
fuera un humano.
Con estos dos como competidores,
había otras aves con cantos maravillosos como los zorzales, las currucas, los
petirrojos o los ruiseñores, que al final quedaban siempre como finalistas
porque, aunque cantaban inmensamente bien, con voces aterciopeladas y trinos de
ensueño, no eran capaces de imitar a otras aves como Pepi o Nino.
Aquel año, decidió
presentarse al concurso Bartolo, el mirlo. Los mirlos son aves que destacan por
sus cantos, muy melodiosos y muy potentes. Suelen subirse a las copas de los
árboles y desde allí dan rienda suelta a su voz aflautada para que todos los
oigan.
Bartolo, era un mirlo
un poco especial, pues aunque gozaba de una voz prodigiosa, no solía hacer las
cosas que hacían otros de su especie. A él le gustaba ir a visitar a sus amigos
los jilgueros y verderones que vivían en pequeñas jaulas en los balcones. Con
ellos pasaba horas y horas compartiendo comida y cantos. Así, logró añadir a su
repertorio los “pitulíes” de los colorines y los “dejes” de los verdones.
Aprendió del chamarín, del canario y de los pinzones, llegando a mezclar su
propia voz con la de sus compañeros. Ellos, bromeando, le decían que aquello
era capaz de hacerlo sólo él y era porque había añadido a su dieta el alpiste y
las pipas que comían las aves cantoras. Y tras mucho insistir, le convencieron
para que se presentara al concurso de canto.
Llegó el gran día y
uno a uno fueron presentándose los candidatos. Aquel año Nino, se encontraba
resfriado y no pudo cantar como de costumbre, pero la actuación de Pepi fue
fantástica. No cabía duda, iban pasando las distintas aves por el escenario y,
aunque cantaban muy bien, la calandria estaba segura de que ganaría ella.
Cuando le llegó el
turno a Bartolo, carraspeó un poco, entornó los ojos y empezó a cantar como lo
hacían todos los mirlos. Su aflautada voz era espectacular, manejando todos los
tonos a la perfección, aunque Pepi estaba tranquila –Eso lo hacen todos los
mirlos, no es nada nuevo –pensó.
De repente, comenzó a
meter entre sus trinos, algunos dejes de los verderones mezclados con los
chisporroteos de los chamarines. Aquello hizo que los allí presentes lanzaran
un sonoro -¡ohhh!
Continuó durante unos
segundos y mezcló también las notas que su amigo el jilguero Colorín junto a
algunos “pimpines” de su colega el pinzón.
Todos aplaudían
mientras la calandria, no daba crédito a lo que oía. -¿Cómo podía haber
aprendido a crear aquella música maravillosa? –se preguntaba. Era la primera
vez que un mirlo era capaza de conseguir imitar a otras aves creando una
sinfonía maravillosa.
Cuando terminó su
actuación, Pepí se le acercó para estrecharle las plumas y dijo en voz alta:
-Creo que el jurado lo tiene fácil. Hasta yo que estoy concursando, me rindo a
sus pies. Lo que nos ha cantado hoy Bartolo, no lo supera nadie.
Todos comenzaron a
aplaudir y le colocaron la medalla de vencedor, fabricada con una preciosa hoja
de hiedra y la concha de un caracol. Antes de despedirse hasta el año
siguiente, Nino, el estornino se le acercó -¿Cuál es tu secreto, Bartolo?
Y Bartolo, sonriente
comentó: -Yo diría que de comer pipas y alpiste con mis amigos los jilgueros,
verderones y pinzones. O eso es lo que ellos me dicen.
Y chocando sus plumas
y haciendo reverencias al estilo pájaro, se despidieron todas las aves allí
congregadas, dirigiéndose a sus respectivos bosques, campiñas, ríos, montañas y
ciudades, a la espera de la llegada del concurso del año siguiente.

tengo la suerte de que todos los años se instala en mi barrio una pareja de mirlos y es una gozada escuchar el melodioso canto del macho posado en alguna antena o un saliente de algún tejado. No acierto a distinguir notas de imitación de otras aves, pero, de cualquier forma, ya su canto te alegra el rato que está por mi los alrededores de mi casa. Por cierto, hoy lo estoy echando de menos; espero que no hayan cambiado de barrio
ResponderEliminarSaludos
Bueno,quizás si está dando de comer a los polluelos, estará más ocupado. Lo de imitar, es un poco de cuento, pues no es de los que imitan. Es más bien por darle un toque infantil o cuentista al cuento. Un abrazo
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