Habían llegado las
vacaciones de verano y Jesús, junto a su familia, se trasladó a la casa de
campo que tenían sus padres. Allí pasaba todo el día de un lado a otro
persiguiendo a los pájaros con sus prismáticos y haciendo lo que más le
gustaba, dibujar. A pesar de su corta edad, tenía ya cientos de láminas de los
paisajes que le rodeaban y sus habitantes. Se sentaba con su cuaderno de dibujo
y un puñado de ceras de colores, resguardado a la sombra de las encinas y
pintaba a todo animal que se le ponía por delante. Tenía un retrato de cada una
de las vaquitas de su vecino el granjero, que pastaban en una gran dehesa que
había junto a su casa.
Tras el desayuno, le
gustaba ir a las cuadras del ganado y pasaba horas viendo como las golondrinas,
acudían sin descanso para alimentar a sus polluelos que ya estaban bastante
grandes. Allí, mientras se comía un trocito de chocolate con pan, aprendía a
distinguir los cantos de los pájaros. Los silbidos de los estorninos, el
arrullo de las tórtolas, las distintas voces de los gorriones… y así, se le
pasaba la mañana en un santiamén.
Por las tardes, no
faltaba la visita al río con sus hermanas. Mientras ellas se bañaban en sus
cristalinas aguas, él paseaba por la orilla en busca de ranitas, libélulas y
tortugas. Siempre armado con su ceras de colores, no había animal con el que se
cruzara al que no dibujara, y la verdad, se le daba bastante bien. Le gustaba
esconderse tras los juncos para ver como, de vez en cuando, saltaban las
truchas para capturar algún descuidado insecto. Tenía que ser muy sigiloso,
pues estos peces eran muy desconfiados y tenía que mantenerse muy calladito y
quieto. Pero si algo tenía Jesús, era paciencia cuando estaba en la Naturaleza.
Una noche, tras la
cena, salieron de excursión para intentar oír a los cárabos cantando en el
bosque de robles. Estaba muy emocionado pues, por su corta edad, él no podía
salir solo de noche y nunca los había oído. Siempre le habían fascinado las
historias que le contaban sobre estos búhos.
Para él, fue una
experiencia inolvidable. Nada más adentrarse en el bosque, dos cárabos
comenzaron a cantar. Uno lo hacía en una punta y otro le contestaba al momento.
Aquel canto tan intenso y todo tan oscuro, le dio un poco de miedo al
principio, pero la tranquilizadora mano de papá, hizo que rápidamente se
relajara y disfrutara de aquel momento tan ansiado.
Pero fue a la vuelta
cuando su corazón se disparó. De pronto, vieron unas lucecitas de color entre
verde y amarillo muy brillantes. Estaban en el suelo y se movían muy
lentamente.
-¡Papá, papá! -Exclamó
muy nervioso. -¿Qué es eso?
- ¡Vaya
sorpresa! –Le respondió sorprendido el padre. –Llevaba años, desde que era un
niño, que no veía una luciérnaga.
-¿Luciérnaga?
Pero mi libro de Naturaleza del cole dice que las luciérnagas vuelan y estas
están andando por el suelo. –Dijo Jesús un poco confundido.
-Ja ja ja –Rio
Manuel, el padre. –Vamos a coger una, te lo explico y así la ves de cerca.
Jesús estaba
emocionadísimo. Una noche fantástica. Había oído los cárabos por fin y ahora
habían encontrado luciérnagas…o algo parecido, pensó.
-Vamos,
rodillas al suelo. –Y con mucho cuidado, Manuel cogió un pequeño gusano de
entre la hierba y se lo puso sobre la palma de la mano. –Mira Jesús, esto es
una luciérnaga. Hay unas que vuelan y otras que no. Las que hay aquí no lo
hacen y nosotros las llamábamos cuando éramos críos, “bichitos de luz”.
-¡Bichitos de
luz! –Exclamó el pequeño. Lo cogió con sus pequeños dedos, fascinado por el
color que salía de la parte trasera de su barriga y preguntó: -¿Me lo puedo
llevar a casa? Así se lo enseño a mamá y las hermanas.
El padre trató
de convencerle de que lo mejor era dejarlo en su sitio para que, cada vez que
salieran a pasear por la noche, pudieran verlo. Pero tanto insistió que al
final accedió a que se lo llevara, con la condición de que lo tenía que cuidar
muy bien.
Al llegar a
casa, las voces de alegría se oían por todas partes. -¡Mamá, mamá! ¡Un bichito
de luz!
Le preparó una
casa en una caja de zapatos. Echó un poco de tierra, una hoja de lechuga y un trocito
de pan, esperando así que el pequeño gusano estuviera como en casa.
Su padre,
mirándolo con una sonrisa le dijo que no estaba seguro que comiera ni lechuga
ni pan. Que tendría que estar atento y que si no comía, tendrían que soltarlo.
Jesús, pasaba horas
y horas abriendo la caja para ver a su nuevo compañero. Era su pequeño tesoro.
Pero un día, el bichito de luz estaba en un rincón, muy quieto y sin luz. Pensó
que lo que necesitaba era un amiguito, y al anochecer, sin que se enterase su
padre para no tener que liberarlo, convenció a sus hermanas para que le
acompañasen a buscar otro bichito de luz. Tras rebuscar entre la hierba,
encontraron otro más y sin perder tiempo, lo llevó para su casa y lo puso al
ladito del que estaban dentro de la caja.
Ahora estaba
contento porque de nuevo había luz en su cajita, pero también estaba preocupado
por el que ya no encendía su barriguita. Una y otra vez, abría la caja para ver
si se recuperaba su bichito de luz, pero su sorpresa fue que al día siguiente
los dos estaban apagados, como dos gusanos normales. Entonces, llorando, llamó
a su padre:
-¡Papá, papá!
Mis bichitos de luz ya no la tienen.
-¿Cómo que mis
bichitos? ¿A caso has cogido alguno más? Pues me parece muy mal. –Le dijo
Manuel. –Los animales salvajes deben de estar en el campo y ahí, es donde
tenemos que ir para disfrutar de ellos, sin molestarlos.
El chico secaba
sus lágrimas con la manga de su camisa y el padre, tratando de consolarle le
propuso ir hasta donde los encontraron y devolverles la libertad. Quizás así
volvieran a encender sus barriguitas.
Al anochecer,
volvieron al lugar de donde los cogieron y junto a una corteza dejaron a los
dos bichitos de luz. Jesús pidió a su papá si podían quedarse un rato y ambos
se sentaron sobre una piedra cerca de ellos.
Pasó algo más
de media hora, estaba todo oscuro y los cárabos se oían desde el bosque
cercano. De pronto comenzaron a verse varios puntitos de color verdoso.
-¡Mira papá!
Hay más que el otro día. ¿Habrán venido a saludar a los que yo cogí?
-Es posible.
–Respondió Manuel. –Esperemos a ver que pasa.
Al cabo del
rato, los ojos de Jesús se iluminaron y la alegría volvió a su rostro. Los dos
pequeños gusanos, comenzaron a encender sus barriguitas. ¡Volvían a estar bien!
Muy contentos,
volvían los dos para casa. El pequeño, cogiendo de la mano a su padre le dijo:
-Sabes papá, los voy a dibujar, así los podré tener siempre conmigo pero sin
hacerles daño y cuando quiera verlos, vendremos aquí cuando esté anocheciendo.
El padre,
orgulloso de su pequeño y de la lección que había aprendido, le sonrió.
-Claro que sí,
mi pequeño.

Bonita historia.
ResponderEliminarSaludos
Muchas gracias!!!
ResponderEliminar