Junto a un gran
almacén de semillas, había un descampado de tierra sin labrar y lleno de hierba
seca por todas partes. En el centro había desde hacía muchos años un hormiguero
de trabajadoras hormigas.
Cada año, cuando
llegaba el verano, llevaban toneladas de pipas de girasol al almacén, y como no
cabían todas dentro de sus instalaciones, dejaban una parte en el descampado
donde estaba el hormiguero. Para los pequeños insectos, aquello era recibido
como un grandísimo regalo, pues era una gran oportunidad para llenar su
despensa y así poder pasar bien el invierno.
-¡Compañeras! ¡Compañeras!
–gritó una de las hormigas encargadas de la vigilancia. –Un gran camión está
descargando pipas en el descampado.
-¡Biennnnnn!
¡Yupiiiii! –Exclamaron todas sus compañeras.
Y todas a una, se
pusieron manos a la obra para hacer un caminito que fuera desde su casita hasta
el gran montón de semillas. Debían limpiar de hierbas muy bien todo el
recorrido para que después, no les
estorbaran cuando fueran cargadas. Y mientras las obreras limpiaban el sendero,
las hormigas soldado se habían acercado hasta el gran montón de pipas para que
todo fuera seguro y pudieran trabajar más cómodamente.
Todas felices y con el
caminito despejado, comenzaron como cada año con aquella tarea, que como siempre,
lo hacían cantando una cancioncilla para hacer el trabajo más llevadero.
“Vamos
al montón a por las pipas,
que
después llevaremos a casita,
para
que en invierno,
no
nos falte comidita,
lara
lara larita”
Normalmente, de aquel
montón de toneladas, cogían un par de kilitos. Con esa cantidad tenían
bastante, pues durante la primavera y la primera parte del verano, habían
recolectado sin descanso trigo sarraceno y semillas de avena. Pero el dueño de
aquel almacén era un señor muy avaro y cada año, buscaba la manera de impedir
que las hormigas pudieran recoger aquella pequeñísima cantidad de pipas de su
gran montón.
Así que cuando estaban
empezando a recolectarlas, mandó a uno de sus trabajadores a hacer una zanjita
alrededor del montón para llenarla de agua y así, evitar que las hormigas pudieran
pasar. Pero sólo les bastó unos minutos a las hormigas soldado, para inventar
una solución. Tomaron ramitas con sus poderosas mandíbulas e hicieron unos
puentecillos por donde sus compañeras comenzaron a transportar su preciada
mercancía. Y volvían a cantar:
“Por
encima de unas ramitas,
vamos
cantando a por pipas,
que
después llevaremos a casita,
para
que en invierno,
no
nos falte comidita,
lara
lara larita”
Alertado el señor
avaro por sus trabajadores, hizo que cavaran la zanja más profunda, más ancha y
con más agua. Y con una malvada sonrisa comentó -¡A ver si ahora hacen un
puentecito las hormigas. Ja ja ja –Y rio profundamente.
Pero como era tan mala
persona, quiso reírse de los pequeños insectos y les preparó una prueba que
según él, no serían capaces de superar.
Así que pinchó cuatro
hierros en el suelo, sobre estos colocó un cristal y sobre él dejó tres kilos
de pipas. Entonces, les dijo a sus trabajadores: -Sentaos junto a mí, veréis
como no son capaces de coger ni una sola pipa ja ja ja.
-¿Y qué pasa si son
capaces de coger las pipas? -Preguntó el que había cavado la zanja.
-Si son capaces –respondió
muy serio el señor avaro –cada año les dejaré yo mismo esa cantidad, los tres
kilos de pipas junto a la puerta de su hormiguero.
Cuando las hormigas
vieron que aquella zanja era imposible de cruzar, empezaron a buscar la forma
de hacerlo y en su búsqueda descubrieron el montón de pipas que se veían a
través del cristal. En un visto y no visto, comenzaron a trepar por los cuatro
hierros para llegar hasta las semillas, pero cuando tocaban el cristal, resbalaban
y caían.
-Ja ja ja –Reía el
avaro –Mira como caen. Éstas no vuelven a coger una pipa de mi montón.
Entonces fue cuando
hicieron gala de su inteligencia y las hormigas soldado, más grandes y de
mandíbulas más poderosas, llenaron de barro sus patitas para que con cuidado
pudieran pasar por el cristal bocabajo sin resbalar. Al dueño del almacén se le
abrió la boca de asombro, aunque aún reía. –Así les llevará un año, porque
después de todo este tiempo sólo han subido cinco hormigas ja ja ja.
Pero lo mejor estaba
por llegar. Dos docenas de hormigas soldado consiguieron subir hasta donde se
encontraban las semillas y comenzaron a arrojarlas desde arriba hasta el suelo.
Allí, las obreras las iban recogiendo y cargadas sobre su espalda, las iban
trasladando hasta su casita.
Ahora eran los
trabajadores del señor avaro los que reían –Qué, no había contado usted con su
inteligencia y con el trabajo en equipo ¿verdad? Ja ja ja .
El dueño del almacén,
agachó la cabeza y reconoció que había perdido la apuesta y que aquellas
listísimas y trabajadoras se merecían tener aquellas pipas. Desde entonces, se
convirtió en una persona generosa, pues aprendió la lección y cada año, al
llegar los camiones con las semillas, les dejaba los tres kilos prometidos a
las puertas del hormiguero.

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