LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

domingo, 22 de marzo de 2020

El GUARDIÁN del CAMPO


   Cuando llegó la primavera, como cada año, todos los animales se reunieron en el claro del bosque. Había un pacto entre ellos, durante la reunión, debían respetarse. Así, entre todos, solucionarían los problemas que hasta ese día habían podido ocurrir.
   Poco a poco, y desde bien temprano, iban apareciendo toda clase de animales. Los primeros en aparecer fueron los conejos, seguidos de los topillos, tortugas, zorros, águilas, tejones, búhos… así hasta que antes del medio día todos estaban presentes.
   Aquel invierno había sido muy lluvioso y el agua había formado grandes torrentes. Se había llevado la tierra y los pobres árboles habían quedado con las raíces al aire.
  Bien  pronunció la voz ahuecada del búho  Como otros años seré yo quien empiece a preguntar qué problemas creéis que debemos solucionar en esta reunión.
   Todos empezaron a hablar a la vez y claro, nadie se enteraba de nada. Así que el búho, que era un pájaro sabio, propuso que hablaran uno a uno y, por votación, eligieran cual era el problema más importante a tratar.
   Después de un buen rato, durante el que todos los animales habían dado su opinión, llegaron a la conclusión de que la lluvia que se llevaba la tierra era su mayor preocupación.
   Tendremos que decirle al agua, que cuando pase por los bosques y campos de labor, lo haga con más cuidado –Propuso una ardilla.
   ¡Siiii! –exclamaron algunos.
  No te hará caso, ella no tiene la culpa –Le respondió una trucha desde el río cercano. Yo la conozco y es muy buena, pero son las nubes quienes la lanzan en forma de lluvia.  Entonces, algunas veces hace daño.
   Pues habrá que decirles a las nubes que tengan cuidado –propusieron las hormigas –Este año se nos ha inundado el hormiguero varias veces.
   Eso, eso –les aplaudió un tejón –A mi también se me ha inundado la madriguera este año.
   Con un golpe de cola, la nutria dijo que quería hablar. –Yo, también conozco al agua como las truchas, y tienen razón, son las nubes quienes lanzan con fuerza el agua. He de deciros que las nubes no os van a hacer caso, ya que toda su vida han estado cogiendo agua del mar y soltándola en la tierra. Es su forma de vivir y no lo pueden evitar. Yo creo que lo que debemos  de hacer es nombrar a un vigilante del campo, como un guardián, que esté pendiente de las nubes y nos avise a todos cuando se acerquen para poder estar prevenidos.
   A todos los animales les pareció una gran idea. Entonces, el señor búho propuso que se presentaran voluntarios aquellos que quisieran ser el guardián del campo y entre todos elegirían a uno.  
   El primero en presentarse fue el zorro, diciendo que era muy listo y ágil, y que podría estar pendiente de las nubes en todo momento. Pero entonces, los conejos, los topos y los ratones dijeron que no estaban de acuerdo.
   Tú serás muy ágil –exclamó el topo –pero cuando buscas comida, escarbas en el suelo y eso hace que se nos inunde más nuestra casa.
   A continuación, la culebra  dijo: –Yo sería un buen guardián, pues puedo trepar por los taludes y los árboles y estar pendiente de las nubes. 
   Creo que te equivocas –dijo el lagarto –Tú, como nosotros, eres un reptil, y en invierno duermes los días que hace frío. Entonces, quien avisará al resto cuando estés dormida.
   Bien pensado –dijo el búho.
Siguieron presentándose más y más animales y ninguno se dio cuenta de que las nubes se acercaban de nuevo cargadas de agua.
   Creo que yo, la golondrina, puedo ser una buena candidata.
   ¡No lo creemos! –Protestaron los zorzales –Las aves migratorias no podemos ocupar la plaza, pues vosotras no estáis aquí en invierno y nosotros, no estamos en verano. Tiene que ser alguien que viva aquí todo el año. Que visite los bosques, las tierras de labor, los parques y jardines, las campiñas, las montañas y las riberas de los ríos.
   Entonces, apareció en el claro del bosque un pequeño gorrión –¡Atención todos los animales!, mientras estabais aquí reunidos yo me quedé fuera del bosque por si aparecían las nubes y se están acercando. Id a vuestras casas y tapad la puerta para que no se vuelvan a inundar.
   Todos los animales allí reunidos, sonrieron y miraron al pequeño gorrión. Sin habérselo pedido y sin pedir nada a cambio, había estado pendiente de las nubes. Mientras que el resto de animales habían estado discutiendo, él había estado velando por ellos. Entonces, el búho, pájaro sabio donde los haya, dijo: Creo que no hay ninguna duda, el animal que debe de ser el guardián del campo es el gorrión, pues de sobra ha demostrado que es ave inteligente y ha estado pendiente de las nubes para que nosotros no sufriéramos ningún peligro.
   Y así fue como el gorrión fue nombrado guardián de nuestros campos. Por eso, allá donde vayamos, siempre encontraremos a esta simpática avecilla, dispuesta a avisar a sus compañeros si viene algún peligro.

sábado, 21 de marzo de 2020

El Arrendajo Gajo y la Ardilla Milla


   A principios de otoño, cuando los días se hacen más cortos y frescos, una multitud de animalillos se va preparando para recibir al invierno. Para que cuando lleguen las grandes nevadas no les sorprendan sin comida, van recogiendo los frutos que el bosque les ofrece, bellotas, avellanas, piñones, hayucos… y, formando una gran despensa, los esconden bajo tierra.
   Dos de los más atareados son la ardilla “Milla”, que con sus manos escarba en la tierra cubierta por las hojas y, tras depositar los frutos, los cubre para que nadie se los pueda quitar.  Y el arrendajo “Gajo”, que al igual que Milla, esconde las bellotas enterrándolas con ayuda de su fuerte pico.
   “Toc, toc, toc,…” van cayendo los frutos de la encina y ellos, sin perder un solo momento, se dan prisa en recogerlos y enterrarlos.
   De pronto, algo llamó su atención. Un gran golpe “TOC”, se oyó bajo la encina que hay junto al nacimiento del río. Si había sonado así de fuerte, ¡imaginad el tamaño que tendría!
   Los dos, Milla y Gajo, corrieron y volaron tan rápido como pudieron para poder conseguir tan delicioso manjar. Al llegar, pudieron contemplar aquella gran bellota. Brillaba su piel y aún conservaba su típico sombrerillo. Sin pensarlo, los dos se lanzaron a por ella. Aquel bocado tan rico era todo un tesoro para el invierno.
   Pero, como ocurre a veces, los dos llegaron a la vez y a la vez atraparon la bellota. Milla tiraba de un lado con sus manitas, mientras que Gajo lo hacía para el otro con su pico.
   Es mía –gritó la ardilla.
   Gajo, que no podía hablar porque si habría el pico soltaba su el preciado fruto, dijo que no con las alas.
   Tirando de un lado para otro, pudieron estar varias horas y ninguno daba su brazo a torcer. ¡Cómo iban a perder aquel manjar!
   Entonces, una vocecilla les llamó la atención.
   ¡Señores por favor! Les habló el ratón Ton –Si seguís así, va a llegar el invierno y todavía estaréis tirando de la bellota de un lado para otro. Creo que podéis hacer una competición, y el que gane se queda con ella.
   ¡De acuerdo! –dijeron los dos algo cansados.
   Como la competición se presentaba interesante y reñida, poco a poco se fueron acercando más y más animales para verla. El señor topo, las cigarras, el pájaro carpintero, ratones, petirrojos…
   Bueno, pues para ser justos creo que cada uno de vosotros debe de proponer una prueba.
   Empezaré yo! –Dijo Milla, la ardilla –Podemos hacer dos montones con veinte bellotas cada uno y el que las entierre primero, ¡habrá ganado!
   Se prepararon y cuando el ratón dio la señal, comenzaron a enterrarlas. La ardilla, ayudada por sus manitas, fue más rápida que su rival, te tenía que hacer los agujeros con el pico. Por lo tanto, fue declarada vencedora de la prueba.
   Los ratones, topillos y musarañas le aplaudían con entusiasmo.
   Gajo, un poco enfadado propuso su prueba. Hay que coger una bellota y subirla a la copa de la encina que hay cruzando el río.
   Ton, el ratón, dio la señal de inicio y antes de que Milla hubiese dado diez pasos, el arrendajo voló hasta la copa del árbol con la bellota en el pico. Ahora era él, el que había ganado. Todos los pájaros aplaudieron a su compañero ¡Bravo! ¡Eres el mejor!
   Bien  dijo el ratón por lo que se ve, estáis empatados. Habrá que buscar otra solución. Si os parece bien, podemos declarar ganador, al animal más bello.
   Los dos, que pensaban que eran los animales más guapos del bosque, aceptaron complacidos y seguros de verse ganadores. Además de poder llevarse la bellota, podían exhibirse ante el resto de animales.
   Un tronco cortado, serviría de escenario a propuesta de Ton, el ratón.
   La primera en subir fue Milla ¡Mirad mi pelo pelirrojo!
   ¡Oooh! –exclamaron los topillos.
   Y mi cola ancha y curvada. Con ella casi puedo volar de árbol a árbol.
   ¡Aaah! –quedaron boquiabiertos los lirones.
   ¿Os habéis fijado en mis orejas? Parecen pinceles. Creo que está claro que soy el animal más bello.
   Siii –aplaudieron los ratones, las musarañas y el señor topo.
   Ahora era el turno del Gajo, el arrendajo.
   Mirad mi pico, es robusto y grande, y gracias a él, soy un animal fuerte.
   ¡Oooh! Le admiraron los pequeños pajarillos que se habían dado cita en el bosque para la competición.
   Tengo un gran bigote, como los grandes señores.
   ¡Aaah! –quedó fascinada la oropéndola que aplaudía desde un sauce cercano.
   Y que decís de las plumas de mis alas. Son blancas, negras y de un azul intenso.
   ¡Bravo, bravo! –aplaudieron todos los pájaros. Las currucas, acentores, mosquiteros…
   De pronto, Milla, la ardilla, pegó un grito ¿Dónde está la bellota?¿Quién ha osado robarla?
   Una risa aguda les hizo girar la cabeza hacia donde se encontraba Ton, el ratón.
   Ji, ji, ji… mientras los dos competíais para ver quién era el mejor, vuestra vanidad no os ha dejado ver cómo me he estado comiendo la bellota poco a poco. El tiempo que habéis dedicado en pelear por ella, lo podíais haber empleado en recoger bellotas más pequeñas y, ahora, tendríais un gran montón cada uno.
   La ardilla Milla y el arrendajo Gajo, aprendieron la lección. La avaricia no es cosa buena. Y desde entonces, recogen las bellotas en el bosque sin molestarse el uno a la otra.

viernes, 20 de marzo de 2020

Bola y Pincel



 
Como cada mañana, bien tempranito, mamá conejo llevó a sus pequeños hijos a jugar fuera de la madriguera.
–¡No os alejéis! –Les dijo –Ya sabéis que andan por ahí los zorros y las águilas y os pueden comer.
–Siii mami –Respondieron todos a la vez.
Uno de ellos se metió entre las flores, tan sólo se le veía la puntita de las orejas cuando saltaba entre ellas. Otros dos, encontraron un terraplén que con el agua del rocío se había hecho un poco escurridizo. Sus risas hacían las delicias de su madre, mientras se tiraban por aquel estupendo tobogán.
El mayor de todos, se había subido a un tronco y desde allí, comía los brotes más tiernos del árbol.
A uno de los hermanitos, que llamaban Bola porque era más gordito, siempre le dejaban solo. Él, pasaba las horas junto a una charca viendo su imagen reflejada en el agua.
–¿Sabes charca? Lo que más me gustaría es, tener un amigo. Alguien que me quiera como soy y con quien compartir mis juguetes.
De pronto, un ruido entre el matorral le sobresaltó –¿Quién anda ahí?
–Soy Pincel, el lince –y entre las ramitas de una jara asomó su cabezota–. Te he visto ahí solito y me preguntaba si querías ser mi amigo.
A Bola se le iluminaron los ojos. –¿De verdad que quieres ser mi amigo?
–¡Pues claro! ¿No te lo estoy diciendo? Por cierto, ¿cómo te llamas? –Preguntó el joven lince.
–Me llaman Bola.
–¿Bola? –Se sorprendió Pincel –¿Por qué ese nombre tan raro?
–Pues porque dicen que estoy gordito. Todo el mundo se burla de mí y nadie quiere jugar conmigo.
–¿Gordito dices? Pues yo no te veo gordito. Además, comparado conmigo…
–Y los dos empezaron a reír.
–Y dime, ¿por qué te llaman Pincel?
–Es que no ves mis orejas, acaba cada una en un penacho que parece un pincelito.
–Je, ¡es cierto!
Y los dos, pasaron toda la mañana jugando cerca del río entre saltos, carreras y risas.
Cuando llegó el medio día, Bola preguntó a su nuevo amigo –¿No tienes hambre? Vayamos a mi casa que mi mamá nos dará algo de comer.
Los pequeños se dirigieron hacia la casa de mamá conejo.
–¡Mami! –Gritó desde lejos el pequeño Bola –Ya estoy aquí y tengo un amiguito. Se llama Pincel.
Cuando los vio, su madre se puso muy nerviosa –Vamos niños, pasad todos dentro de la madriguera. ¡Rápido! Y tú, Bola, ¿por qué has traído al lince?
El joven conejo no entendía la postura de su madre. –Es mi amigo mamá.
–¡No puede ser tu amigo, los linces comen conejos!
–Pero mami, es mi amigo. Él no nos va a comer.
–¡Bola! –Le interrumpió su madre –He dicho que no podéis ser amigos y se ha terminado la discusión. Así que despídete de él y que se vaya con su familia.
Apenados, los dos jovencitos se dieron media vuelta y caminaron un poco. Aquello era terrible, pensaban, mientras se dirigían a la zona de jaras donde se habían conocido.
De pronto, a Pincel se le ocurrió una idea –¡Ya lo tengo!
–¿El qué? –Preguntó Bola.
–Mi mamá siempre nos ha contado que el animal más sabio del bosque es el señor Búho. Podemos ir a preguntarle si hay alguna solución para que podamos ser amigos.
–¡Bravo! –Exclamó el conejo con una sonrisa en la boca.
En el hueco de una gran encina, vivía el señor Búho y hasta allí caminaron los dos amigos.
–¡Señor Búho! –Gritaron a la vez.
–¿Quién me despierta a estas horas del día? –Protestó el sabio búho mientras se colocaba las gafas.
–Somos Bola y Pincel, señor y queríamos pedirle consejo.
–Vaya, vaya –Exclamó el búho –Curiosa pareja. ¡Un conejo y un lince juntos como amigos! Vosotros diréis.
–Verá señor, yo nunca he tenido ningún amigo. Los demás se burlan de mí porque estoy gordito. Esta mañana he conocido a Pincel, que no le importa como soy y quiere ser mi amigo. Pero mi mamá dice que un conejo y un lince no pueden serlo. Hemos pensado que usted, como es sabio, quizás pueda darnos una solución para no tener que separarnos.
–Verás jovencito, tu mamá tiene razón. Los linces comen conejos, siempre lo han hecho, así que es imposible que podáis tener una amistad.
–¡Pero no es justo! –Protestó Pincel.
–Puede que no sea justo –dijo el búho –pero desde que la tierra se creó, esto es así. De modo que, si queréis mi consejo, debéis despediros ahora que sois amigos antes de que ocurra una desgracia.
Los dos pequeños rompieron a llorar y se unieron en un fuerte abrazo. El señor Búho, se compadeció de ellos y les dijo: –Como veo que vuestra amistad es sincera, os voy a ayudar. Al otro lado de la colina, hay una gran roca junto a un centenario sauce. En él vive un hada, la Señora del Bosque. Su nombre es Mara y quizás ella os pueda ayudar. Decidle que vais de mi parte.
–Gracias señor búho –Y los dos se dirigieron en su busca.
Cuando llegaron al lugar donde vivía el hada, la vieron sentada sobre la gran piedra. Sus transparentes alas, brillaban con el sol de la tarde y ayudada por dos golondrinas, peinaba su largo y dorado cabello.
–¡Curiosa pareja! –Exclamó al ver a los dos pequeños. –¿Qué os trae por aquí?
–Verá señora hada, nosotros queremos ser amigos, pero todo el mundo nos dice que no es posible, que un conejo y un lince no lo pueden ser. Nos manda el señor búho por si a usted se le ocurre una solución.
El hada se incorporó y, acariciándose la barbilla, se les quedó mirando. –En verdad es un problema. Como bien os han dicho, vuestras razas no pueden convivir como amigas. Me temo que lo mejor que podéis hacer es despediros hoy como amigos y que cada uno siga su camino por separado. Así, os evitaréis problemas en el futuro, cuando os hagáis mayores.
La cara de los dos jovencitos, era el reflejo de la tristeza. Se fundieron en el más tierno de los abrazos, como sólo los amigos lo hacen y dando media vuelta, se marcharon. Pero, de pronto, las alas del hada se iluminaron y el arcoíris surgió desde las lágrimas de los dos pequeños.
–¡Un momento! –Dijo Mara, el hada del bosque –Las alas de un hada tan sólo se iluminan ante un sentimiento puro de amor y amistad y vosotros habéis hecho posible que se enciendan. Cuando esto ocurre, las hadas podemos conceder un deseo y yo voy a hacer que siempre podáis estar juntos y viváis como amigos. A ti, Pincel, te convertiré en nube y a Bola, en lluvia. Así, cada día, podréis viajar juntos, visitar a vuestras familias y llenar de vida los campos para que la hierba y las flores nazcan. Los dos amigos se abrazaron. Su felicidad no tenía fin. Gracias al hada, podían estar juntos, como los buenos amigos y podían visitar a sus padres y hermanos. Los dos cayeron en un profundo sueño y al amanecer, ya eran nube y lluvia.
Desde entonces, cuando muy tempranito comienza a llover y las nubes lo cubren todo, linces y conejos salen a saludar a Bola y Pincel, que nunca renunciaron a su amistad.

domingo, 22 de mayo de 2016

PERDIZ ROJA, LA REINA DE LA ESTEPA

Es curiosa, la habilidad que tiene esta ave de perderse entre la vegetación, por poco que alce, en menos que canta un gallo. Quizá es por eso a lo que debe su nombre: "perdiz" o "pájaro perdiz" que viene de perderse, pájaro que se pierde.


A pesar de que buena parte de sus colores son vivos, con rojos marcados en pico, patas y anillo ocular, se las averigua para desaparecer. Se agacha y su plumaje pardo se alía con ella para hacerla desaparecer.
Otra de sus cualidades que no han pasado desapercibidas para la gente del medio rural, es su capacidad de correr, de "apeonar", y de ahí que vienen dichos como el de "correr más que un perdigón". Con ese nombre se conoce a sus pollos.


Los machos, rompen el silencio de las mañanas y las tardes con su característico canto. En la cultura popular, hicieron algunas onomatopeyas con su canto, diciendo que cuando cantan las perdices dicen:

"Cuarenta tajás, cuarenta tajás, cuarenta tajás..."

O bien, cuando el pájaro preso en su jaula y cómplice de su amo, atrae a sus congéneres salvajes entre las estacas de olivos hacia la trampa mortal:

"Por esta estacá, por esta estacá, por esta estacá..."


La cultura popular ha sido abundante ante este pájaro, pues desde siempre ha sido muy codiciado, siendo protagonistas de poesías, canciones, leyendas, historias... pero yo me quedo con un cuento, "La Perdiz de las Ánimas".  Y dice así:


      Existe un cuento muy antiguo de un cazador muy devoto de las ánimas del purgatorio pero de muy desgraciada puntería, el cual, yendo de caza, acertó a encontrar a tiro dos perdices juntas paradas. A tan agradable vista, dijo echándose a la cara la escopeta:

- Ánimas benditas, si mato a las dos, una será para vosotras.

Esto dicho, disparó; mató una, y viendo a la otra escapar incólume, exclamó: 

- ¡Vaya un paso que lleva la perdiz de las ánimas!” 

      Este cuento se cuenta sustituyendo la perdiz por el conejo, que es su versión original, titulándose “el conejo de las ánimas”, lo que ocurre es que en algunos lugares se ha cambiado el mamífero por el ave.



“Morena, si te pillara

donde cantan las perdices...

¡A ver si allí me negabas

     la palabra que me diste!”

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