LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

viernes, 27 de marzo de 2020

FELIPITO, EL CONEJO QUE OLÍA A HELADO DE VAINILLA



El día anterior, la lluvia había caído con fuerza por los campos de la Tosquilla. Poco a poco, se habían ido formando pequeños riachuelos que lo iban inundando todo. Mamá conejo, se dio prisa para intentar salvar a todos sus pequeñines, pero, cuando aún le faltaba uno por recoger, el más pequeño de todos, su pequeñín, el agua le impidió llegar hasta la madriguera, y muy triste, se tuvo que marchar.
Aquel pequeño conejo, el más pequeño de todos, era valiente y osado, y sin dejar de nadar y nadar, llegó hasta donde el agua había perdido fuerza y logró ponerse a salvo.
Con apenas unos días de vida, estaba solo y mojado. Se sentía tan cansado que acabó por quedarse dormido dentro de un viejo guante que encontró tirado. Aunque echaba de menos a su mamá, a sus hermanitos, aquel huequecito de suave lana le reconfortaba y le daba calor y poco a poco, se durmió.
A veces, cuando los niños y los animalitos son buenos de corazón, las hadas se encariñan con ellos. Los ayudan y acompañan durante toda su vida. Y, en aquella ocasión, la más buena de todas las hadas, se compadeció del pequeño. Cobijado en el viejo guante, lo tomó entre sus calidas manos.
A la mañana siguiente, asustado y con un hambre enorme, despertó nuestro valiente conejito. Al verle asomando su hociquillo por la manga del guante, el hada se acercó.
-No te preocupes chiquitín, que yo estoy a tu lado. Para empezar, hay que buscarte un nombre -y haciéndole cosquillas entre sus grandotas orejas, le dijo –te llamarás Felipito –
Y él, moviendo su naricilla, como sólo los conejos lo saben hacer, le sonrió.
-¿Tienes hambre? –Le preguntó el hada, y él, estiró sus grandes orejotas y se puso sobre sus patas traseras –Veo que sí, dijo sonriendo la mágica señora –te daré algo que sin duda te gustará. Un poco de leche, con yema de huevo y toque de vainilla.
Felipito, empezó a comer y a comer, ¡Le gustaba tanto!
Y poco a poco, ese olor a helado de vainilla se le fue impregnando en el pelo de su diminuto cuerpecillo. Cada día, después de tomar su rica comida, salía al jardín y se perdía entre las flores. Sobre todo, le gustaba pasear entre un gran ramillete de margaritas amarillas, pues, por su altura, le hacían cosquillitas en sus grandes orejotas. Jugaba con ellas, las mordisqueaba y, cuando se sentía ya cansado, cortaba una con sus blancos dientecillos y prendida de su boca, se la llevaba, dando saltitos, a su querida hada.
A ella, se le enternecía la mirada cuando lo veía aparecer ¡era tan gracioso verlo dando saltos con la florecilla en la boca!
Después de la cena, se acercaba al hada buena, se sentaba a su lado y se limpiaba las patitas y la cara hasta que estaba listo para irse a dormir.
Era de suave pelo gris, parecía un plumón de negros ojos como brillantes granos de café y unas largas orejas que alzaba cuando estaba contento. Con el tiempo, Felipito creció y se hizo muy apuesto, acompañado siempre de ese característico olor a helado de vainilla.
Un día, se acercó al hada, su querida hada buena, y le dijo que había llegado la hora de marcharse. Tenía la misión de decirle a todos los niños y conejitos que las hadas existen y que siempre están cuando se les necesitan. El hada, se puso triste por su marcha, pero también contenta porque sabía que Felipito tenía un gran corazón y había nacido para ayudar a los demás. Entonces, lanzándole un beso, se despidió de él.
-Adiós Felipito, el conejo que jugaba con las margaritas y huele a helado de vainilla –Él, sentado sobre sus patas traseras, hizo una mueca a la vez que  giraba su cabeza, movió el labio, como sólo los conejos saben hacerlo, guiñó uno de sus negros ojos y dando un salto, se marchó entre las margaritas amarillas del jardín.

jueves, 26 de marzo de 2020

EL ESPANTAPÁJAROS Y LOS ESTORNINOS



Nada más despertar, la banda de estorninos encaminaba su vuelo hacia la charca para calmar su sed. Una vez allí, entre silbidos, chasquidos y cantos, intentaban ponerse de acuerdo para ver donde irían a comer.
Normalmente, en primavera y verano solían dirigirse a los campos con cerezos, higueras o moras, mientras que en otoño e invierno, buscaban su comida en los olivares, viñas y zonas con caquis.
Pero había ocasiones en las que los frutos aún no estaban maduros y tenían que buscar en tierras de labor, huertos o entre el ganado.
Aquel día, un estornino que tenía fama de valiente, propuso ir a un terreno donde el día anterior, habían sembrado guisantes.
- Ayer –dijo –un señor estaba plantando unos guisantes que tienen que estar muy tiernos. Podemos ir allí y cogerlos. Sólo hay que escarbar un poco con el pico y a comer.
- Pero… -interrumpió otro estornino que era algo menos osado - ¿Y si está por allí el hortelano? Nos puede tirar una piedra para espantarnos y hacernos daño.
- Ja ja ja – rio el valiente –Ese señor estará en su casa. O crees que va a estar en el huerto esperando a que nazcan. Vamos toda la banda y en poco tiempo hemos desayunado todos.
Así que dicho y hecho. De pronto, el cielo se cubrió de una brillante nube de gotitas que esparció el grupo de estorninos al alzar su vuelo. El negro de sus plumas, se mezcló con el rosa de sus patas y el amarillo de sus picos a la vez que silbaban y cantaban sin parar. Sin duda, se notaba que estaban por allí, eran muy escandalosos.
Uno tras otro, formando una gran bola, encaminaron su vuelo hacia el sembrado de guisantes. Pero, cuando llegaron al lugar, descubrieron con asombro que allí, seguía el señor. Justo en el centro del campo de guisantes se encontraba con sus brazos bien abiertos y un gorro de paja para que el Sol, no de quemase. Así que decidieron parar en un almendro cercano para ver que hacían.
- ¿No decías que no estaría el agricultor? –reprochó el pájaro menos osado –Pues ahí está y con lo poco que se mueve, para mí que no tiene prisa por irse.
- Pues no lo entiendo amigos –se excusó –No debería estar aquí. Ayer lo sembró todo y lo lógico es que se hubiese marchado a su casa. A lo mejor sospechaba de nosotros. Esperemos a ver qué hace.
Aquel hombre con gorro de paja y brazos en cruz, era el señor espantapájaros. Desde el centro del sembrado, vigilaba para que los pájaros no se comieran los guisantes. Tenía una chaqueta de color rojo con algunos remiendos, unos pantalones azules y una cuerda por cinturón. Su cuerpo estaban relleno de paja y su cabeza era una redonda calabaza. Dos botones negros, eran sus ojos y un rotulador de color rosa, había pintado su boca y sus mejillas. Sobre la calabaza, una peluca rubia hecha con mazorcas de maíz secas, hacía que pareciera que tenía una bonita melena bajo su gorro de paja.
-Yo creo que esto es muy raro –protestó el estornino valiente –llevamos aquí más de una hora y no se ha movido del sitio. Quizás esté dormido. Yo voto porque bajemos rápido y nos comamos todos los guisantes que podamos.
Aunque algunos no estaban seguros, el hambre apretaba y decidieron bajar. Cuando estaban ya cerca del suelo, una ráfaga de aire hizo que la chaqueta roja del señor Espantapájaros se moviese con insistencia, haciendo que el grupo abandonara el lugar y se marchara hacia otro lugar para alimentarse.
Aunque los espantapájaros no son personas en realidad y no pueden moverse, a veces el viento se alía con ellos y parece dotarlos de vida. Incluso ese día, el señor Espantapájaros parecía sonreír por haber conseguido que los pájaros, no se comieran los guisantes que con tanto mimo había sembrado el hortelano.

miércoles, 25 de marzo de 2020

LA CHARCA DE LA FAMILIA RANO



Cuando el primer rayo de luz aparecía por el horizonte, la charca despertaba y una explosión de vida se apoderaba de ella.
La noche siempre era demasiado larga, sobre todo para los que no estaban bien adaptados a vivir en la oscuridad. Eran muchos los peligros que acechaban desde dentro y fuera del agua.
La familia Rano, era muy querida en la charca. Siempre tomaban el sol desde su piedra favorita, muy juntitos unos con otros. Papá rana, al que todos llamaban señor Rano, tenía una voz poderosa. De hecho, él presumía de haber sido cantante de ópera en las más famosas charcas del país.
Mamá rana, siempre le decía para tomarle el pelo cariñosamente –Pero cariño, si tú nunca has salido de aquí. Si cuando nos casamos fuimos de Luna de Miel a la otra orilla porque te daba pena alejarte de tu charca.
Entonces él, un tanto enojado, saltaba desde su piedra y se zambullía mientras protestaba a regañadientes por el aire. Entonces, los pequeños reían a carcajadas mientras mamá les guiñaba un ojo
Ella era una rana ejemplar como madre. Siempre estaba enseñando a sus hijos como debían comportarse para ser ranitas de bien. Les enseñaba la técnica para atrapar moscas y mosquitos con la ayuda de su pegajosa lengua.
- A ver chicos, tenéis que poner la punta de la lengua en el borde de la boca. Cuando aparezca una mosca, apuntáis y le lanzáis un lengüetazo.
- Siii mami –contestaron todos a coro.
- Venga, preparados que por ahí viene una. A ver quién la pilla. Uno, dos y tres…
- Ziuuuppp –las pequeñas lengüecillas cruzaron el aire. –Ja ja ja –rieron todos menos uno.
- ¿Qué pasa? –preguntó mamá rana
- Que a Benjamín se le ha pegado en el ojo la lengua de Carlitos –Ja ja ja
- Pues venga, al agua a jugar y después lo intentamos de nuevo.
Cuando las ranitas se bañaban, mamá se ponía muy nerviosa y siempre estaba en alerta Nunca bajaba la guardia, pues en cualquier momento, Maura, la serpiente de agua, podía aparecer desde lo más profundo de la charca y llevarse a uno de sus hijos.
De pronto, su corazón dio un vuelco. Popi, el más pequeño de todos, no estaba. Muy nerviosa, le preguntó al señor Rano – Cariño, ¿has visto a Popi?
- Estaba con sus hermanos – le contestó - Yo llevo un rato cogiendo moscas para la cena y no he estado pendiente.
- A ver, niños, ¿alguno sabe dónde está vuestro hermano pequeño?
- Decía que quería ir al otro lado de la charca – contestaron a la vez - donde vosotros pasasteis la Luna de Miel. No sabemos que está tramando pero como tú siempre dices que allí había unos nenúfares muy bonitos y se acerca tu cumpleaños…
Sin perder un minuto, papá y mamá emprendieron la búsqueda de su pequeño partiendo hacia el otro lado de la charca.
Popi, era un renacuajo muy intrépido con alma de aventurero. Como era muy listo, nada más comenzar su viaje, se subió al caparazón de Guillermo, el galápago. Así no le costaría tanto llegar al otro lado y si veía algún peligro, sólo tenía que lanzarse al agua.
Cuando llegó, la orilla estaba repleta de lindas flores de nenúfar. Tenía razón su mami cuando decía que eran preciosos.
- Le voy a dar una gran sorpresa – pensó. Y cogiendo uno pequeñito, para poder transportarlo, volvió a subir sobre el caparazón de Guillermo. Cuando iban a medio camino, se toparon con mamá y papá Rano que lo miraban con alivio aunque un poco enfadados.
Su madre, abrazándolo con fuerza y con alguna lagrimilla, le reprendió: - ¿por qué te fuiste sin avisar? No sabes el susto que nos has dado.
- Mañana es tu cumpleaños, mamá y siempre dices que los nenúfares de la otra orilla son preciosos. Quería darte una sorpresa por lo buena que eres.
A mamá rana se le saltaban las lágrimas de emoción. Lo quería tanto…pero había sido muy peligroso lo que había hecho.
Muchas gracias hijo, me encanta el regalo, es el más bonito que me han hecho nunca, pero no olvides que, hasta que no seas adulto, siempre has de consultar con tus padres para que no te ocurra nada malo.
Y nadando despacio o subidos a ratos sobre el caparazón de Guillermo, llegaron hasta la otra orilla donde esperaban nerviosos el resto de ranitas. Una vez todos juntitos y a salvo, colocaron el nenúfar cerca de la orilla y subieron sobre su piedra favorita para tomar el sol.

martes, 24 de marzo de 2020

EL REGALO DE LA PRINCESA

   El señor mirlo, que era un gran charlatán, había salido por orden del rey del río, su Majestad Don Alcedo I, a pregonar una noticia muy importante. Su hija, la princesa Atis, se casaría con aquel que le llevase el regalo más precioso y original.
   Todas las aves conocían la belleza de la princesa, descendiente de los más apuestos martines pescadores, que con sus preciosos colores azules y naranjas, llenaba de vida las orillas del río.
   Así que no había nadie de la zona que al oír las palabras del mensajero, no se pusiera a pensar en cual podría ser el regalo adecuado. El verderón, la urraca, la oropéndola, el jilguero… ni uno sólo quería dejar pasar la ocasión de casarse con la guapísima princesa y así, algún día, poder ser los reyes del río.
   La princesa, sabía que la tradición así lo mandaba, aunque a ella no le interesaba alguien que le ofreciera un gran regalo sino aquel que la quisiera  y la respetara.
   Un joven Martín pescador, llamado Pedro, llegó a la zona desde una laguna cercana.
   –Aunque a mí no me elija, le quiero hacer un regalo, para que el día de su boda sea la novia más guapa. Con eso me conformo.
   Y dicho esto, se fue a visitar a las almejas de río.
   –Por favor almejitas, ¿me podéis dar doce perlas para hacerle un collar a la princesa Atis? Yo, a cambio, me zambulliré y os limpiaré las conchas, allá donde vosotras no llegáis.
   –Las almejas, complacidas por el trato, le dijeron que aceptaban. Ellas, al no tener manos, no llegaban a limpiarse la  concha.
   A continuación, Pedro se fue a buscar a su amigo Pico, el pájaro carpintero.
   –Hola Pico, necesito que me fabriques la caja más bonita que nadie pueda imaginar. En ella meteré un collar de perlas que voy a regalar a la princesa Atis.
   –Umm –El pájaro carpintero se quedó pensativo –Ya sé como la voy a hacer. Haré la caja con madera de cedro y tú me conseguirás los adornos del fondo del río.
   – ¡Bien! Exclamó Pedro.
   –Me tienes que traer seis piedras de color blanco, bien redonditas. Cada una irá en un lado de la caja. También me traerás nácar de las conchas de las almejas. En el fondo del río se pueden encontrar algunos fragmentos.
   Sin perder un solo momento, Pedro se zambulló en el agua. Fue buscando y poco a poco, consiguió el encargo de su amigo el carpintero.
   Pico, que conocía muy bien su oficio, montó la caja y la adornó con las piedras y el nácar.
   –Ha quedado preciosa, amigo Pico.
   –Que tengas suerte compañero.
   Y muy contento, se fue a donde estaban las almejas para que le entregasen  las perlas, que habían unido con hilo de alga para formar el más precioso de los collares.
   Feliz, se fue silbando en dirección al río donde vivía la princesa, con la intención de parar antes en su casa para vestirse para la ocasión. Voló, voló y voló, hasta que sus fuerzas empezaron a agotarse, pues, la caja, era muy pesada. Así que decidió parar junto a un sauce, que mecía sus hojas al paso del agua. Bebió un poco y una voz le dijo:
   –Hola Pedro,  ¿dónde vas tan cargado? –Era Corax, el cuervo, que tomando el sol sobre una gran roca, lo había visto llegar y no podía contener la curiosidad de saber que llevaba en aquella caja tan bien decorada.
   –Voy a llevar un regalo a la princesa Atis –Contestó Pedro, abriendo la caja para que Corax pudiese contemplar el collar. –Creo que no habrá un regalo tan valioso como éste.
   El cuervo quedó impresionado ante tanta belleza y pensó en cómo podría quitarle el collar, para ser él quien se lo regalase a la princesa y así llegar a ser el rey del río.
   –Como pareces cansado, si te parece bien, puedes dormir un ratito. Yo vigilaré tu caja hasta que despiertes.
   Pedro, que era muy bueno y confiado, no se dio cuenta de lo que tramaba el cuervo y aceptó encantado. Cuando cerró los ojos, Corax abrió la caja y sacó el collar. En su lugar colocó doce piedras para que Pedro no se diese cuenta.
   Al cabo de un rato, nuestro amigo despertó, cogió la caja, ahora llena de piedras y dándole las gracias al cuervo, se marchó  a su casa para vestirse con las plumas apropiadas. El cuervo, con media sonrisa, también se dispuso para el gran acontecimiento.
   La princesa Atis, solía recorrer el río disfrazada de gorrión para enterarse de los problemas de sus súbditos. En su paseo, se encontró con el cuervo y al verlo tan elegante, le preguntó que a donde iba.
   –Voy a casarme con la princesa Atis. –Le respondió el cuervo.
   –Muy seguro estás ¿no? –le preguntó la princesa.
   –La verdad es que sí –respondió –Tengo el regalo más bonito que se le puede hacer a una princesa, así que me tendrá que escoger a mí. Entonces seré el rey del río.
   –Por tus palabras veo que la princesa no te importa nada –preguntó Atis.
   –La verdad es que no. Yo sólo quiero ser algún día el rey del río y que todos estén a mi servicio.
    –Y,  ¿se puede saber que le vas a regalar?
   –Le regalaré este collar de perlas.
   La princesa quedó fascinada al verlas. Realmente era el regalo más bonito que había visto en su vida. Disimulando su alegría para no ser descubierta, le preguntó – ¿Cómo has conseguido tan precioso collar? Debe de haberte costado mucho dinero.
– ¡Qué va! –Fanfarroneó el cuervo mientras esbozaba una sonrisa –Se lo quité a Pedro, el martín pescador. El pobre, cuando se presente ante la princesa y abra su caja, verá que está llena de piedras. ¡Hará el ridículo!
   La princesa comprendió que el cuervo no era bueno y que había sido capaz de robar por conseguir algún día ser el rey del río. Se despidió y se marchó para recibir a sus pretendientes.
   Muchas aves pasaron mostrando sus regalos. Ruiseñores, currucas, carriceros, lavanderas… y nuestro querido Pedro, esperaban nerviosos. Cuando llegó el turno del cuervo, mostró su regalo y todos quedaron maravillados.
   – ¡Está claro que seré yo quien se case con la princesa! –Exclamó mientras reía a carcajadas.
   –Bueno, aún queda Pedro, el martín, por mostrar su regalo. ¿Quién sabe? A lo mejor supera al tuyo.
   El cuervo pensó, que aquello era imposible, y esbozó una malévola sonrisa.
   Pedro, que se había dado cuenta del engaño, abrió su caja muy apenado, dejando ver las piedras del río. Entonces, la princesa Atis aplaudió con alegría.
   – ¡Oh! Padre, éste es el regalo que más me ha gustado.
   Todos la miraron con asombro.
   –Pero hija, si sólo son piedras –Le contestó el rey Alcedo.
   –Me refiero a la caja, padre. En la vida he visto nada creado con tanta belleza. Es preciosa. En ella podré guardar mis cosas más preciadas. Además, los cuervos tienen fama de robar las cosas que brillan. A saber a quién le habrá robado el collar.
   –Pues tienes razón hija mía –Dijo el Rey –Pedro será el que se case contigo y Corax, el cuervo, será desterrado de los ríos y arroyos. A partir de ahora vivirá en los páramos, lejos de las aves de bien.
   Pedro y Atis, celebraron su boda y vivieron felices por el resto de sus vidas.

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