Un nuevo Sol de
primavera despertaba a los habitantes del bosque de encinas. Comenzaron con sus
cantos las oropéndolas y los herrerillos, seguidos de toda una orquesta formada
por multitud de pajarillos. Entre ellos, la familia de los mitos.
El mito es un
pajarillo muy curioso. Para empezar, tiene un pico tan diminuto que apenas se
distingue en su cara. Su cola es muy larga y su tamaño, poco más grande que una
nuez. Tras el puñado de plumitas que envuelve su pequeño cuerpecito, que parece
una bola de algodón, se esconde uno de los pájaros más pequeños. Cuando
la lluvia cae sobre él y sus plumas se pegan al cuerpo, es cuando se descubre
lo diminuto que es.
Pero si hay algo que
caracteriza a los mitos, es su costumbre de ir de un lado a otro en grupo. Una
pandilla de pequeños pájaros que no pueden dejar de moverse y canturrear un
sonido muy raro “prrrr prrrr prrrr…” Cuando llegan a un lugar, van de arriba abajo
y de izquierda a derecha sin parar, dando la sensación de que hay más mitos de
los que en realidad hay.
Nelfo, es uno de los
más jóvenes. Siempre va acompañando a su grupo: padres, hermanos, primos… en
busca de pequeños insectos que se esconden entre las ramitas de los majuelos y
las coscojas. Pero a Nelfo siempre le pareció que su familia era muy ruidosa y
demasiado nerviosa. Que no paraban en un lugar para disfrutar del paisaje.
Ellos sólo pensaban en buscar de comer y en revolotear entre las ramas. A él,
eso, no le gustaba.
Un buen día, decidió
marcharse hacia otro lugar. Así que abandonando el bosque donde nació
y a toda su familia, se dirigió hacia la sierra. Voló toda la mañana sin
descanso y para el medio día, ya estaba en un lugar al que llamaban El Pedregal
y del que tantas historias había oído contar a sus abuelos. Aquello era
fascinante para sus diminutos ojos. Jamás
podría haber imaginado tantas rocas juntas y con tan pocos árboles y arbustos.
De pronto un canto melodioso llamó su atención. Un pájaro de color azul, estaba
cantando desde una de las rocas. Su voz era poderosa y se podía oír desde mucha
distancia. Nelfo pensó que quizás, podría enseñarle aquella zona y decirle
donde encontrar algo de comer, pues ya le sonaban algo sus tripitas y por allí
no había muchos sitios donde buscar. Así que en un plis plas se presentó junto
a él.
-Hola señor, mi nombre
es Nelfo y soy un mito.
-Hombre Nelfo,
encantado –le dijo amablemente el pájaro azul. –Yo me llamo Blu y soy un
roquero solitario.
-¡Guau! –exclamó el
pequeño. –Un pájaro que vive sólo, que no necesita un montón de ruidosos compañeros
alrededor –pensó para sí.
-¿Dónde caminas? –preguntó
el roquero, extrañado de ver un ave como aquella en un pedregal como aquel.
Tenía pinta de ser de los que viven en los árboles, como el carbonero o el
herrerillo y no en las piedras, como las collalbas o las tarabillas.
-Pues verá usted –le contestó
–soy de una familia formada por más de diez mitos, todos de la misma familia y
vamos a todas partes juntos.
-Curioso. –Dijo el
roquero –Y entonces… ¿qué haces tú aquí solo? ¿Te has perdido? Esta es una
tierra muy salvaje y hay muchos peligros. Aquí vive el halcón y el cernícalo y
hay que estar siempre muy atento.
-Bueno, eso no es
problema para mí. En mi bosque vive el azor y el gavilán y también tenemos que
estar en alerta. –Le respondió el pequeño. –No me he perdido, es que me he
cansado de ir siempre en grupo a todas partes y he decidido venir a este
roquedo a vivir yo solo. Si tú me pudieses ayudar te lo agradecería.
El roquero se encogió
de hombros y asintió con la cabeza.
-Bien, en primer lugar
habrá que buscar algo de comer. Supongo que estarás hambriento ¿no?
Al pequeño mito se le
iluminaron los ojos y le rugieron las tripas como si tuviese un dragón metido
dentro. –Sí por favor, tengo un hambre gigante.
Blu le acompañó por
todo su territorio buscando comida. Le ofreció lagartijas y grillos, pero el
pequeño Nelfo tenía un pico tan diminuto que no se los podía comer. Pasaron
toda la tarde mirando entre las rocas y arbustos y sólo pudieron encontrar un
par de gusanitos que el mito devoró en un segundo.
Cuando el Sol comenzó
a esconderse por el horizonte, un aire frío empezó a soplar. Nelfo ahuecó su
plumaje para conservar el calor y preguntó al roquero donde pasarían la noche.
Blue, que estaba acostumbrado a la dureza de aquel paisaje, donde en verano
hacía mucho calor y en invierno mucho frío, lo llevó hasta un huequecito que
había entre dos piedras para que durmiera.
Aquella noche se le
hizo muy larga al pequeñín. Tenía hambre y frío. Entonces empezó a echar de
menos a su familia. Ahora estarían todos bien juntitos dándose calor, arropados
entre las ramitas de una encina. Y sobre todo, con la barriguita bien llena de
jugosos gusanos.
Cuando amaneció, se
despidió de Blu. –Quiero darte las gracias por haberme enseñado tu pedregal. Has
sido muy amable conmigo. Pero he de marcharme, pues echo de menos a mi familia
y yo estoy hecho para vivir en el bosque.
El roquero, estaba de
acuerdo con el pequeño pájaro. –Cada uno está hecho para vivir en una zona y si
cambiamos, nos resultará muy duro. Creo que donde tú vas a ser realmente feliz,
es con tu familia, recorriendo los árboles y arbustos de arriba abajo en busca
de pequeños insectos. Algún día iré a visitarte.
Y chocando las plumas,
se despidieron. Nelfo, voló toda la mañana hasta llegar de nuevo a su querido
bosque. Aquel lugar acogedor, repleto de árboles, jugosas bayas y ricos
insectos.
Pero ahora, cómo
encontraría a su familia, se preguntó. Entonces, posado sobre una ramita de
lentisco, guardó silencio. No había pasado un minuto cuando oyó a su grupo canturreando entre los majuelos “prrr prrr prrr”. Sin perder tiempo,
fue en su búsqueda. Al llegar junto a ellos, todos se pusieron muy contentos de
volver a verlo y él de verlos a ellos, y moviéndose de arriba abajo y de
izquierda a derecha, se fueron en busca de comida para celebrar que Nelfo
estaba de nuevo con su familia. Ahora él estaba feliz.


