LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

sábado, 4 de abril de 2020

BARTOLO, EL MIRLO CANTOR




Todos los años, las aves cantoras se reunían en un parque para hacer un concurso de canto. En él, se valoraban las voces típicas de cada uno de ellas, pero también el esfuerzo que habían hecho durante el año por aprender el canto del resto de las aves.
La verdad es que a veces resultaba un poco aburrido, y no porque no fuera maravilloso oír a todos aquellos pajarillos cantar, sino porque siempre eran los mismos los que ganaban el premio, la calandria Pepi y Nino el estornino.
Pepi, pasaba los días en la campiña volando muy muy alto y desde allí, tomaba nota del canto de los demás pájaros. Así, imitaba a la perfección a la cogujada, avecilla muy coqueta que lucía un espigado moño y que solía subirse encima de un terrón de barro para cantar. También estaba pendiente de los cantos de los abejarucos cuando pasaban por su trigal en busca de insectos voladores, con su traje de plumas de colores y que parecían trozos del arcoíris. A veces, copiaba sin dificultad los trinos de los pardillos, que cantaban mientras daban cuenta de las semillas de los jaramagos. Y así, había añadido a su canto el de más de una docena de pajarillos que vivían en su campiña.
Nino, el estornino, era un maestro copiando el canto de otras aves y el de decenas de sonidos que oía por las calles. De ese modo, subido a su antena preferida, imitaba a la perfección el maullido del águila ratonera o el canto de los gorriones. También jugaba a remedar los gorgoritos de las oropéndolas o las “miadas” de los mochuelos. Pero si en algo era especialista, era en imitar sonidos que había en los pueblos y ciudades, pues lo mismo hacía chasquidos que silbaba como si fuera un humano.
Con estos dos como competidores, había otras aves con cantos maravillosos como los zorzales, las currucas, los petirrojos o los ruiseñores, que al final quedaban siempre como finalistas porque, aunque cantaban inmensamente bien, con voces aterciopeladas y trinos de ensueño, no eran capaces de imitar a otras aves como Pepi o Nino.
Aquel año, decidió presentarse al concurso Bartolo, el mirlo. Los mirlos son aves que destacan por sus cantos, muy melodiosos y muy potentes. Suelen subirse a las copas de los árboles y desde allí dan rienda suelta a su voz aflautada para que todos los oigan.
Bartolo, era un mirlo un poco especial, pues aunque gozaba de una voz prodigiosa, no solía hacer las cosas que hacían otros de su especie. A él le gustaba ir a visitar a sus amigos los jilgueros y verderones que vivían en pequeñas jaulas en los balcones. Con ellos pasaba horas y horas compartiendo comida y cantos. Así, logró añadir a su repertorio los “pitulíes” de los colorines y los “dejes” de los verdones. Aprendió del chamarín, del canario y de los pinzones, llegando a mezclar su propia voz con la de sus compañeros. Ellos, bromeando, le decían que aquello era capaz de hacerlo sólo él y era porque había añadido a su dieta el alpiste y las pipas que comían las aves cantoras. Y tras mucho insistir, le convencieron para que se presentara al concurso de canto.
Llegó el gran día y uno a uno fueron presentándose los candidatos. Aquel año Nino, se encontraba resfriado y no pudo cantar como de costumbre, pero la actuación de Pepi fue fantástica. No cabía duda, iban pasando las distintas aves por el escenario y, aunque cantaban muy bien, la calandria estaba segura de que ganaría ella.
Cuando le llegó el turno a Bartolo, carraspeó un poco, entornó los ojos y empezó a cantar como lo hacían todos los mirlos. Su aflautada voz era espectacular, manejando todos los tonos a la perfección, aunque Pepi estaba tranquila –Eso lo hacen todos los mirlos, no es nada nuevo –pensó.
De repente, comenzó a meter entre sus trinos, algunos dejes de los verderones mezclados con los chisporroteos de los chamarines. Aquello hizo que los allí presentes lanzaran un sonoro -¡ohhh!
Continuó durante unos segundos y mezcló también las notas que su amigo el jilguero Colorín junto a algunos “pimpines” de su colega el pinzón.
Todos aplaudían mientras la calandria, no daba crédito a lo que oía. -¿Cómo podía haber aprendido a crear aquella música maravillosa? –se preguntaba. Era la primera vez que un mirlo era capaza de conseguir imitar a otras aves creando una sinfonía maravillosa.
Cuando terminó su actuación, Pepí se le acercó para estrecharle las plumas y dijo en voz alta: -Creo que el jurado lo tiene fácil. Hasta yo que estoy concursando, me rindo a sus pies. Lo que nos ha cantado hoy Bartolo, no lo supera nadie.
Todos comenzaron a aplaudir y le colocaron la medalla de vencedor, fabricada con una preciosa hoja de hiedra y la concha de un caracol. Antes de despedirse hasta el año siguiente, Nino, el estornino se le acercó -¿Cuál es tu secreto, Bartolo?
Y Bartolo, sonriente comentó: -Yo diría que de comer pipas y alpiste con mis amigos los jilgueros, verderones y pinzones. O eso es lo que ellos me dicen.
Y chocando sus plumas y haciendo reverencias al estilo pájaro, se despidieron todas las aves allí congregadas, dirigiéndose a sus respectivos bosques, campiñas, ríos, montañas y ciudades, a la espera de la llegada del concurso del año siguiente.

viernes, 3 de abril de 2020

EL AVARO Y LAS HORMIGAS



Junto a un gran almacén de semillas, había un descampado de tierra sin labrar y lleno de hierba seca por todas partes. En el centro había desde hacía muchos años un hormiguero de trabajadoras hormigas.
Cada año, cuando llegaba el verano, llevaban toneladas de pipas de girasol al almacén, y como no cabían todas dentro de sus instalaciones, dejaban una parte en el descampado donde estaba el hormiguero. Para los pequeños insectos, aquello era recibido como un grandísimo regalo, pues era una gran oportunidad para llenar su despensa y así poder pasar bien el invierno.
-¡Compañeras! ¡Compañeras! –gritó una de las hormigas encargadas de la vigilancia. –Un gran camión está descargando pipas en el descampado.
-¡Biennnnnn! ¡Yupiiiii! –Exclamaron todas sus compañeras.
Y todas a una, se pusieron manos a la obra para hacer un caminito que fuera desde su casita hasta el gran montón de semillas. Debían limpiar de hierbas muy bien todo el recorrido  para que después, no les estorbaran cuando fueran cargadas. Y mientras las obreras limpiaban el sendero, las hormigas soldado se habían acercado hasta el gran montón de pipas para que todo fuera seguro y pudieran trabajar más cómodamente.
Todas felices y con el caminito despejado, comenzaron como cada año con aquella tarea, que como siempre, lo hacían cantando una cancioncilla para hacer el trabajo más llevadero.

“Vamos al montón a por las pipas,
que después llevaremos a casita,
para que en invierno,
no nos falte comidita,
lara lara larita”

Normalmente, de aquel montón de toneladas, cogían un par de kilitos. Con esa cantidad tenían bastante, pues durante la primavera y la primera parte del verano, habían recolectado sin descanso trigo sarraceno y semillas de avena. Pero el dueño de aquel almacén era un señor muy avaro y cada año, buscaba la manera de impedir que las hormigas pudieran recoger aquella pequeñísima cantidad de pipas de su gran montón.
Así que cuando estaban empezando a recolectarlas, mandó a uno de sus trabajadores a hacer una zanjita alrededor del montón para llenarla de agua y así, evitar que las hormigas pudieran pasar. Pero sólo les bastó unos minutos a las hormigas soldado, para inventar una solución. Tomaron ramitas con sus poderosas mandíbulas e hicieron unos puentecillos por donde sus compañeras comenzaron a transportar su preciada mercancía. Y volvían a cantar:

“Por encima de unas ramitas,
vamos cantando a por pipas,
que después llevaremos a casita,
para que en invierno,
no nos falte comidita,
lara lara larita”

Alertado el señor avaro por sus trabajadores, hizo que cavaran la zanja más profunda, más ancha y con más agua. Y con una malvada sonrisa comentó -¡A ver si ahora hacen un puentecito las hormigas. Ja ja ja –Y rio profundamente.
Pero como era tan mala persona, quiso reírse de los pequeños insectos y les preparó una prueba que según él, no serían capaces de superar.
Así que pinchó cuatro hierros en el suelo, sobre estos colocó un cristal y sobre él dejó tres kilos de pipas. Entonces, les dijo a sus trabajadores: -Sentaos junto a mí, veréis como no son capaces de coger ni una sola pipa ja ja ja.
-¿Y qué pasa si son capaces de coger las pipas? -Preguntó el que había cavado la zanja.
-Si son capaces –respondió muy serio el señor avaro –cada año les dejaré yo mismo esa cantidad, los tres kilos de pipas junto a la puerta de su hormiguero.
Cuando las hormigas vieron que aquella zanja era imposible de cruzar, empezaron a buscar la forma de hacerlo y en su búsqueda descubrieron el montón de pipas que se veían a través del cristal. En un visto y no visto, comenzaron a trepar por los cuatro hierros para llegar hasta las semillas, pero cuando tocaban el cristal, resbalaban y caían.
-Ja ja ja –Reía el avaro –Mira como caen. Éstas no vuelven a coger una pipa de mi montón.
Entonces fue cuando hicieron gala de su inteligencia y las hormigas soldado, más grandes y de mandíbulas más poderosas, llenaron de barro sus patitas para que con cuidado pudieran pasar por el cristal bocabajo sin resbalar. Al dueño del almacén se le abrió la boca de asombro, aunque aún reía. –Así les llevará un año, porque después de todo este tiempo sólo han subido cinco hormigas ja ja ja.
Pero lo mejor estaba por llegar. Dos docenas de hormigas soldado consiguieron subir hasta donde se encontraban las semillas y comenzaron a arrojarlas desde arriba hasta el suelo. Allí, las obreras las iban recogiendo y cargadas sobre su espalda, las iban trasladando hasta su casita.
Ahora eran los trabajadores del señor avaro los que reían –Qué, no había contado usted con su inteligencia y con el trabajo en equipo ¿verdad? Ja ja ja .
El dueño del almacén, agachó la cabeza y reconoció que había perdido la apuesta y que aquellas listísimas y trabajadoras se merecían tener aquellas pipas. Desde entonces, se convirtió en una persona generosa, pues aprendió la lección y cada año, al llegar los camiones con las semillas, les dejaba los tres kilos prometidos a las puertas del hormiguero.

jueves, 2 de abril de 2020

LA HERRERILLA PILLA





Andaban un grupo de pájaros comentando las cosas que pasaban en sus bosques. Estaban los arrendajos, las currucas, los picapinos los carboneros y los petirrojos enfrascados en una animada discusión.
-Yo no sé por qué se empeñan los humanos en talar los árboles viejos de los bosques y por qué retiran la madera muerta - comentó el carbonero.
-Tampoco lo entiendo yo -reprochó el picapinos. -En algunos bosques del norte, está prohibido retirar esos troncos muertos. Son refugio de muchos animales y el lugar perfecto para ir a buscar comida los que nos alimentamos de gusanos y escarabajos.
-Desde luego -Comentó el petirrojos que solía ir a esas despensas a buscar comida para su prole.
-Y qué me dices de nosotros, los carboneros, que hacemos los nidos en los huecos que hay en los viejos robles. Cada vez es más complicado, pues tenemos que competir con otras aves y no tenemos sitio.
-Es verdad -protestaron a la vez la curruca y el arrendajos. - Nosotros no criamos en agujeros, hacemos un nido con ramitas, pero es que cada vez quedan menos lugares. Porque las zarzas y los arbustos también se están perdiendo. Y luego quien busca moras y gusanos para comer.
Mamá herrerillo, prima hermana del carbonero, escuchaba desde una rama cercana pensando que aquello era un gravísimo problema. Ella también criaba en huecos y aún no tenía ninguno para criar a sus polluelos.
-Bueno -interrumpió el carbonero -os dejo que hace unos días encontré un huequecito en el viejo olmo junto al arroyo y mi señora ha puesto ya 6 ó 7 huevos. Esperemos que esto se solucione.
Mamá herrerillo, que había estado atenta a todo, se adelantó al carbonero y se dirigió hacia el viejo olmo, y en un descuido de su señora, colocó uno de sus preciados huevos junto a los que ella estaba empollando. Se marchó muy triste, pues ya nunca más sabría de su polluelo, pero si quería que tuviera una oportunidad, lo tendría que hacer así.
Pasaron los días, y los pajarillos rompieron el cascarón. Eran pequeñas bolitas envueltas en plumón, que no paraban de abrir sus piquitos para pedir comida. A medida que pasaban los días, mamá carbonero se estaba dando cuenta que uno de sus polluelos era diferente al resto. Era bastante parecido, pero era mucho más pequeño que el resto. Así que cada vez que repartía la comida, siempre le daba a él un poquito más para ver si crecía. Poco a poco, fueron vistiendo sus cuerpecillos con preciosas plumas amarillas y azuladas hasta que comenzaron a salir fuera de su confortable huequecito para aprender a volar.
-¡Vamos chicos! –les animaban mamá y papá carbonero –Tenéis que aprender a volar para poder visitar todos los rincones de este maravilloso bosque.
Así que, uno a uno, con un total de doce polluelos, fueron saliendo.
Desde un árbol cercano, mamá herrerillo pasaba cada día un ratito para ver si podía ver a su pequeño. Y aquel día de primavera, lo vio salir del huequecito en quinto lugar. Su hijito ahora era un precioso herrerillo de elegantes plumas azules y amarillas. Toda emocionada, secó con las plumas sus ojos.
La señora carbonero, que siempre había sospechado, vio el diseño del plumaje de su pequeño y el de su prima la herrerilla y lo comprendió todo.
Con mucho cariño, se acercó a su hijo, el más pequeñín y con voz amable le dijo al oído: -¿Ves en aquel árbol a nuestra prima la señora herrerilla? Anda, acércate y le das un beso. Tú no lo sabes, pero ella te quiere mucho.
El pequeño pajarillo, hizo su primer vuelo desde el viejo olmo hasta aquel árbol cercano y se presentó: -Soy José Manuel, el carbonero, me ha dicho mi mami que viniera a darte un beso.
La herrerilla lo abrazó con lágrimas en los ojos al tiempo que saludaba con su ala a su prima la señora carbonero.
Después de un rato le dijo al pequeño: -Bueno, ve con tus hermanos y obedece a tus padres para que te conviertas en un…-dudó un momento –en un carbonero de bien.
Y con la dificultad de los primeros vuelos, volvió con su familia, mientras la herrerilla se marchó con la tranquilidad de que su pequeño, había sido criado con mimo y ahora era un precioso jovenzuelo.

miércoles, 1 de abril de 2020

EL INCREIBLE VIAJE DE LAS AVES




Como cada año, en un claro de la montaña, una preciosa pradera rodeada de grandes bloques de piedra, se reunían tres aves. Rojo, el roquero, al que llamaban así por el color de su plumaje, Tordo, el mirlo negro y Zeta, el zorzal que vestía un traje de corazones.
Los tres pájaros tenían vidas diferentes, muy distintas, pero cada año quedaban en aquel claro, para compartir un rato de charla sobre las experiencias que habían vivido durante el año.
Rojo, pasaba todos los inviernos en el continente africano y cada inicio de primavera, volvía a la Península Ibérica para dar vida a una nueva generación. Zeta, lo hacía a la inversa. Él pasaba el invierno aquí, y cuando llegaba a su fin, tomaba rumbo hacia las tierras del norte. Tordo, no solía moverse de la pradera, así que esperaba aquella reunión con ilusión para estar informado de todo lo que ocurría en otros lugares del mundo.
Era mediado el mes de marzo, a punto de que la primavera entrara en el calendario de los humanos, cuando las tres aves se reunieron. Tras unos efusivos saludos al estilo pájaro, choque de plumas y reverencias con la cabeza, comenzaron a describir como había sido el año para cada uno.
-Bien, empezaré yo. –Dijo Rojo –Como sabéis, cada otoño parto para tierras africanas. He vivido cerca de los humanos durante un tiempo y he visitado sus campamentos en mi viaje. Pude compartir unas semanas con una tribu de hombres azules.
-¿Cómo nuestro roquero solitario? –interrumpió el mirlo.
-Sí. Ellos tienen turbantes de ese color y al final, su piel se vuelve azulada. Son pastores que viven en el desierto, y a pesar de la dureza de esa tierra, viven felices en familia. Más tarde, viajé hasta la tierra de los Tutsi, donde la danza forma parte importante en sus vidas. Saltan lanza en mano con cascabeles en los tobillos, mientras cubren sus cuerpos con elegantes túnicas de color rojo y adornos de piedras y hueso. Es una tierra dura que curtió su piel hasta hacerla más oscura, donde el agua es un tesoro y la vida, al llegar la noche, se hace en torno a una hoguera donde cuentan fantásticas historias.
-¡Qué interesante! –exclamaron sus compañeros.
Zeta, que pasaba la primavera y el verano en tierras del norte de Europa, sólo coincidía con su compañero Rojo unos días, porque cuando él llegaba, el zorzal marchaba de la Península en busca de zonas más frescas para reproducirse.
-Es curiosa la raza humana. Creo que en lo poco que se ponen de acuerdo, es con la música y el baile. Es cuando se muestran más nobles.
-Es posible –comentó el mirlo.
-En mi viaje por el norte, he visto a bailarines búlgaros danzando sobre brasas ardientes sin quemarse.
-¿En serio? –preguntó asombrado el roquero.
-Como te digo. A veces, llevaban a su amada a la espalda y cruzaban varios metros de carbones encendidos para demostrarle su amor, al ritmo de la música de su país. Como sabéis –prosiguió –los zorzales tenemos fama de tener un canto muy melodioso. Pues tendríais que oír como en Viena le arrancan notas a una caja con cuerdas a la que llaman violín. Se te ponen las plumas de punta. O como en Irlanda, donde a veces paso unos días, hacen sonar lo que ellos llaman gaita. Estoy con Rojo –comentó –es increíble la raza humana.
-¡Qué maravilla! –exclamó Tordo, el mirlo. –Creo que no puedo estar más de acuerdo con vosotros en que los humanos, se vuelven más nobles en torno a la música. Aquí, veo personas de rostros curtidos y manos encalladas que cuando cantan, hacen que hasta yo, que soy un buen tenor, tenga que bajar la cabeza. He visto a las mujeres hacer volar sus vestidos mientras giran al compás de las palmas. Es cierto, es una raza noble, pero creo que le queda mucho que aprender.
Tras ese intercambio de cultura entre los dos continentes, Zeta voló hacia el norte, mientras Rojo y Tordo compartieron espacio durante la primavera y el verano, esperando con ilusión el volverse a reunir para escuchar, las historias que cada uno habría vivido en el nuevo año.

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