LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

jueves, 2 de abril de 2020

LA HERRERILLA PILLA





Andaban un grupo de pájaros comentando las cosas que pasaban en sus bosques. Estaban los arrendajos, las currucas, los picapinos los carboneros y los petirrojos enfrascados en una animada discusión.
-Yo no sé por qué se empeñan los humanos en talar los árboles viejos de los bosques y por qué retiran la madera muerta - comentó el carbonero.
-Tampoco lo entiendo yo -reprochó el picapinos. -En algunos bosques del norte, está prohibido retirar esos troncos muertos. Son refugio de muchos animales y el lugar perfecto para ir a buscar comida los que nos alimentamos de gusanos y escarabajos.
-Desde luego -Comentó el petirrojos que solía ir a esas despensas a buscar comida para su prole.
-Y qué me dices de nosotros, los carboneros, que hacemos los nidos en los huecos que hay en los viejos robles. Cada vez es más complicado, pues tenemos que competir con otras aves y no tenemos sitio.
-Es verdad -protestaron a la vez la curruca y el arrendajos. - Nosotros no criamos en agujeros, hacemos un nido con ramitas, pero es que cada vez quedan menos lugares. Porque las zarzas y los arbustos también se están perdiendo. Y luego quien busca moras y gusanos para comer.
Mamá herrerillo, prima hermana del carbonero, escuchaba desde una rama cercana pensando que aquello era un gravísimo problema. Ella también criaba en huecos y aún no tenía ninguno para criar a sus polluelos.
-Bueno -interrumpió el carbonero -os dejo que hace unos días encontré un huequecito en el viejo olmo junto al arroyo y mi señora ha puesto ya 6 ó 7 huevos. Esperemos que esto se solucione.
Mamá herrerillo, que había estado atenta a todo, se adelantó al carbonero y se dirigió hacia el viejo olmo, y en un descuido de su señora, colocó uno de sus preciados huevos junto a los que ella estaba empollando. Se marchó muy triste, pues ya nunca más sabría de su polluelo, pero si quería que tuviera una oportunidad, lo tendría que hacer así.
Pasaron los días, y los pajarillos rompieron el cascarón. Eran pequeñas bolitas envueltas en plumón, que no paraban de abrir sus piquitos para pedir comida. A medida que pasaban los días, mamá carbonero se estaba dando cuenta que uno de sus polluelos era diferente al resto. Era bastante parecido, pero era mucho más pequeño que el resto. Así que cada vez que repartía la comida, siempre le daba a él un poquito más para ver si crecía. Poco a poco, fueron vistiendo sus cuerpecillos con preciosas plumas amarillas y azuladas hasta que comenzaron a salir fuera de su confortable huequecito para aprender a volar.
-¡Vamos chicos! –les animaban mamá y papá carbonero –Tenéis que aprender a volar para poder visitar todos los rincones de este maravilloso bosque.
Así que, uno a uno, con un total de doce polluelos, fueron saliendo.
Desde un árbol cercano, mamá herrerillo pasaba cada día un ratito para ver si podía ver a su pequeño. Y aquel día de primavera, lo vio salir del huequecito en quinto lugar. Su hijito ahora era un precioso herrerillo de elegantes plumas azules y amarillas. Toda emocionada, secó con las plumas sus ojos.
La señora carbonero, que siempre había sospechado, vio el diseño del plumaje de su pequeño y el de su prima la herrerilla y lo comprendió todo.
Con mucho cariño, se acercó a su hijo, el más pequeñín y con voz amable le dijo al oído: -¿Ves en aquel árbol a nuestra prima la señora herrerilla? Anda, acércate y le das un beso. Tú no lo sabes, pero ella te quiere mucho.
El pequeño pajarillo, hizo su primer vuelo desde el viejo olmo hasta aquel árbol cercano y se presentó: -Soy José Manuel, el carbonero, me ha dicho mi mami que viniera a darte un beso.
La herrerilla lo abrazó con lágrimas en los ojos al tiempo que saludaba con su ala a su prima la señora carbonero.
Después de un rato le dijo al pequeño: -Bueno, ve con tus hermanos y obedece a tus padres para que te conviertas en un…-dudó un momento –en un carbonero de bien.
Y con la dificultad de los primeros vuelos, volvió con su familia, mientras la herrerilla se marchó con la tranquilidad de que su pequeño, había sido criado con mimo y ahora era un precioso jovenzuelo.

miércoles, 1 de abril de 2020

EL INCREIBLE VIAJE DE LAS AVES




Como cada año, en un claro de la montaña, una preciosa pradera rodeada de grandes bloques de piedra, se reunían tres aves. Rojo, el roquero, al que llamaban así por el color de su plumaje, Tordo, el mirlo negro y Zeta, el zorzal que vestía un traje de corazones.
Los tres pájaros tenían vidas diferentes, muy distintas, pero cada año quedaban en aquel claro, para compartir un rato de charla sobre las experiencias que habían vivido durante el año.
Rojo, pasaba todos los inviernos en el continente africano y cada inicio de primavera, volvía a la Península Ibérica para dar vida a una nueva generación. Zeta, lo hacía a la inversa. Él pasaba el invierno aquí, y cuando llegaba a su fin, tomaba rumbo hacia las tierras del norte. Tordo, no solía moverse de la pradera, así que esperaba aquella reunión con ilusión para estar informado de todo lo que ocurría en otros lugares del mundo.
Era mediado el mes de marzo, a punto de que la primavera entrara en el calendario de los humanos, cuando las tres aves se reunieron. Tras unos efusivos saludos al estilo pájaro, choque de plumas y reverencias con la cabeza, comenzaron a describir como había sido el año para cada uno.
-Bien, empezaré yo. –Dijo Rojo –Como sabéis, cada otoño parto para tierras africanas. He vivido cerca de los humanos durante un tiempo y he visitado sus campamentos en mi viaje. Pude compartir unas semanas con una tribu de hombres azules.
-¿Cómo nuestro roquero solitario? –interrumpió el mirlo.
-Sí. Ellos tienen turbantes de ese color y al final, su piel se vuelve azulada. Son pastores que viven en el desierto, y a pesar de la dureza de esa tierra, viven felices en familia. Más tarde, viajé hasta la tierra de los Tutsi, donde la danza forma parte importante en sus vidas. Saltan lanza en mano con cascabeles en los tobillos, mientras cubren sus cuerpos con elegantes túnicas de color rojo y adornos de piedras y hueso. Es una tierra dura que curtió su piel hasta hacerla más oscura, donde el agua es un tesoro y la vida, al llegar la noche, se hace en torno a una hoguera donde cuentan fantásticas historias.
-¡Qué interesante! –exclamaron sus compañeros.
Zeta, que pasaba la primavera y el verano en tierras del norte de Europa, sólo coincidía con su compañero Rojo unos días, porque cuando él llegaba, el zorzal marchaba de la Península en busca de zonas más frescas para reproducirse.
-Es curiosa la raza humana. Creo que en lo poco que se ponen de acuerdo, es con la música y el baile. Es cuando se muestran más nobles.
-Es posible –comentó el mirlo.
-En mi viaje por el norte, he visto a bailarines búlgaros danzando sobre brasas ardientes sin quemarse.
-¿En serio? –preguntó asombrado el roquero.
-Como te digo. A veces, llevaban a su amada a la espalda y cruzaban varios metros de carbones encendidos para demostrarle su amor, al ritmo de la música de su país. Como sabéis –prosiguió –los zorzales tenemos fama de tener un canto muy melodioso. Pues tendríais que oír como en Viena le arrancan notas a una caja con cuerdas a la que llaman violín. Se te ponen las plumas de punta. O como en Irlanda, donde a veces paso unos días, hacen sonar lo que ellos llaman gaita. Estoy con Rojo –comentó –es increíble la raza humana.
-¡Qué maravilla! –exclamó Tordo, el mirlo. –Creo que no puedo estar más de acuerdo con vosotros en que los humanos, se vuelven más nobles en torno a la música. Aquí, veo personas de rostros curtidos y manos encalladas que cuando cantan, hacen que hasta yo, que soy un buen tenor, tenga que bajar la cabeza. He visto a las mujeres hacer volar sus vestidos mientras giran al compás de las palmas. Es cierto, es una raza noble, pero creo que le queda mucho que aprender.
Tras ese intercambio de cultura entre los dos continentes, Zeta voló hacia el norte, mientras Rojo y Tordo compartieron espacio durante la primavera y el verano, esperando con ilusión el volverse a reunir para escuchar, las historias que cada uno habría vivido en el nuevo año.

martes, 31 de marzo de 2020

NELFO, EL MITO QUE QUERÍA ESTAR SOLO




Un nuevo Sol de primavera despertaba a los habitantes del bosque de encinas. Comenzaron con sus cantos las oropéndolas y los herrerillos, seguidos de toda una orquesta formada por multitud de pajarillos. Entre ellos,  la familia de los mitos.
El mito es un pajarillo muy curioso. Para empezar, tiene un pico tan diminuto que apenas se distingue en su cara. Su cola es muy larga y su tamaño, poco más grande que una nuez. Tras el puñado de plumitas que envuelve su pequeño cuerpecito, que parece una bola de algodón, se esconde uno de los pájaros más pequeños. Cuando la lluvia cae sobre él y sus plumas se pegan al cuerpo, es cuando se descubre lo diminuto que es.
Pero si hay algo que caracteriza a los mitos, es su costumbre de ir de un lado a otro en grupo. Una pandilla de pequeños pájaros que no pueden dejar de moverse y canturrear un sonido muy raro “prrrr prrrr prrrr…” Cuando llegan a un lugar, van de arriba abajo y de izquierda a derecha sin parar, dando la sensación de que hay más mitos de los que en realidad hay.
Nelfo, es uno de los más jóvenes. Siempre va acompañando a su grupo: padres, hermanos, primos… en busca de pequeños insectos que se esconden entre las ramitas de los majuelos y las coscojas. Pero a Nelfo siempre le pareció que su familia era muy ruidosa y demasiado nerviosa. Que no paraban en un lugar para disfrutar del paisaje. Ellos sólo pensaban en buscar de comer y en revolotear entre las ramas. A él, eso, no le gustaba.
Un buen día, decidió marcharse hacia otro lugar. Así que abandonando el bosque donde nació y a toda su familia, se dirigió hacia la sierra. Voló toda la mañana sin descanso y para el medio día, ya estaba en un lugar al que llamaban El Pedregal y del que tantas historias había oído contar a sus abuelos. Aquello era fascinante para sus diminutos ojos.  Jamás podría haber imaginado tantas rocas juntas y con tan pocos árboles y arbustos. De pronto un canto melodioso llamó su atención. Un pájaro de color azul, estaba cantando desde una de las rocas. Su voz era poderosa y se podía oír desde mucha distancia. Nelfo pensó que quizás, podría enseñarle aquella zona y decirle donde encontrar algo de comer, pues ya le sonaban algo sus tripitas y por allí no había muchos sitios donde buscar. Así que en un plis plas se presentó junto a él.
-Hola señor, mi nombre es Nelfo y soy un mito.
-Hombre Nelfo, encantado –le dijo amablemente el pájaro azul. –Yo me llamo Blu y soy un roquero solitario.
-¡Guau! –exclamó el pequeño. –Un pájaro que vive sólo, que no necesita un montón de ruidosos compañeros alrededor –pensó para sí.
-¿Dónde caminas? –preguntó el roquero, extrañado de ver un ave como aquella en un pedregal como aquel. Tenía pinta de ser de los que viven en los árboles, como el carbonero o el herrerillo y no en las piedras, como las collalbas o las tarabillas.
-Pues verá usted –le contestó –soy de una familia formada por más de diez mitos, todos de la misma familia y vamos a todas partes juntos.
-Curioso. –Dijo el roquero –Y entonces… ¿qué haces tú aquí solo? ¿Te has perdido? Esta es una tierra muy salvaje y hay muchos peligros. Aquí vive el halcón y el cernícalo y hay que estar siempre muy atento.
-Bueno, eso no es problema para mí. En mi bosque vive el azor y el gavilán y también tenemos que estar en alerta. –Le respondió el pequeño. –No me he perdido, es que me he cansado de ir siempre en grupo a todas partes y he decidido venir a este roquedo a vivir yo solo. Si tú me pudieses ayudar te lo agradecería.
El roquero se encogió de hombros y asintió con la cabeza.
-Bien, en primer lugar habrá que buscar algo de comer. Supongo que estarás hambriento ¿no?
Al pequeño mito se le iluminaron los ojos y le rugieron las tripas como si tuviese un dragón metido dentro. –Sí por favor, tengo un hambre gigante.
Blu le acompañó por todo su territorio buscando comida. Le ofreció lagartijas y grillos, pero el pequeño Nelfo tenía un pico tan diminuto que no se los podía comer. Pasaron toda la tarde mirando entre las rocas y arbustos y sólo pudieron encontrar un par de gusanitos que el mito devoró en un segundo.
Cuando el Sol comenzó a esconderse por el horizonte, un aire frío empezó a soplar. Nelfo ahuecó su plumaje para conservar el calor y preguntó al roquero donde pasarían la noche. Blue, que estaba acostumbrado a la dureza de aquel paisaje, donde en verano hacía mucho calor y en invierno mucho frío, lo llevó hasta un huequecito que había entre dos piedras para que durmiera.
Aquella noche se le hizo muy larga al pequeñín. Tenía hambre y frío. Entonces empezó a echar de menos a su familia. Ahora estarían todos bien juntitos dándose calor, arropados entre las ramitas de una encina. Y sobre todo, con la barriguita bien llena de jugosos gusanos.
Cuando amaneció, se despidió de Blu. –Quiero darte las gracias por haberme enseñado tu pedregal. Has sido muy amable conmigo. Pero he de marcharme, pues echo de menos a mi familia y yo estoy hecho para vivir en el bosque.
El roquero, estaba de acuerdo con el pequeño pájaro. –Cada uno está hecho para vivir en una zona y si cambiamos, nos resultará muy duro. Creo que donde tú vas a ser realmente feliz, es con tu familia, recorriendo los árboles y arbustos de arriba abajo en busca de pequeños insectos. Algún día iré a visitarte.
Y chocando las plumas, se despidieron. Nelfo, voló toda la mañana hasta llegar de nuevo a su querido bosque. Aquel lugar acogedor, repleto de árboles, jugosas bayas y ricos insectos.
Pero ahora, cómo encontraría a su familia, se preguntó. Entonces, posado sobre una ramita de lentisco, guardó silencio. No había pasado un minuto cuando oyó a su grupo canturreando entre los majuelos “prrr prrr prrr”. Sin perder tiempo, fue en su búsqueda. Al llegar junto a ellos, todos se pusieron muy contentos de volver a verlo y él de verlos a ellos, y moviéndose de arriba abajo y de izquierda a derecha, se fueron en busca de comida para celebrar que Nelfo estaba de nuevo con su familia. Ahora él estaba feliz.

domingo, 29 de marzo de 2020

LOS CACHORRITOS DE MAMÁ GINETA



Mamá gineta decidió, que ya iba siendo hora de enseñar a sus pequeños como era el bosque donde vivían y aquella noche de luna llena, le pareció ideal. Sus tres cachorros, habían estado acurrucados desde que nacieron en el interior de un viejo tronco de álamo. Pasaban el día durmiendo y la noche, esperando a que mamá regresara de buscar comida para poder tomar un poquito de leche. De vez en cuando, haciendo un gran acto de valor, alguno asomaba su cabecilla por el hueco del tronco, pero rápidamente se volvía a la seguridad de su casita.
Aquella noche, su madre salió antes de lo habitual. Quiso preparar el camino por donde llevaría a sus pequeños y quería estar segura de que no habría ningún peligro. En su primera excursión, quería llevarles hasta la higuera que hay junto al arroyo, donde podrían encontrar sabrosos y dulces higos, bien rojos por dentro y cargados de miel. Una vez comprobado que no había ningún peligro, fue hasta su madriguera para despertarlos.
-¿Dónde están mis chiquitines? ¡Vamos! Hoy tengo una sorpresita para vosotros. Nos vamos de excursión.
Los pequeños, que estaban hechos una bola, comenzaron a desperezarse sin prisa. Sus largos bigotes se movían a la vez que la punta de su naricilla mientras sus pequeñas bocas, se abrían en largos bostezos.
-¡Venga, que se hace de día! –les dijo cariñosamente.
-Es que hace mucho frío y tenemos mucho sueño –contestó uno de ellos.
-¡Venga y no seáis holgazanes! Os aseguro que va a ser divertido.
Viendo que no iba a ser tarea fácil el sacarlos de la madriguera, preparó un plan que sabía que no podía fallar. Para ello, cogió un higo bien maduro, de esos que tienen mucha miel y huelen bien dulce y lo hizo pedacitos. Colocó los trozos formando un camino que empezaba a una cuarta de donde estaban acurrucados y se dirigía hacia la higuera, con la idea de que aquel aroma tan apetitoso, les hiciera salir.
Comenzó a moverse un poco la brisa y ese olorcillo rico se introdujo por la puerta de la madriguera. Al instante, sus naricillas comenzaron a moverse y la boca se les hizo agua. Poco a poco fueron abriendo los ojos y en un plis plas, estaban los tres asomados por el agujero del viejo álamo. Mamá gineta sonrió. Ella sabía que eso no podía fallar, como bien pudo comprobar ella cuando su madre, hizo lo mismo.
-Vaya, vaya. Parece que hay hambrecilla, ¿no?
-Sííí mami, tráenos un poquito de eso que huele tan bien.
-No, no. El que quiera comer, tiene que acompañarme hasta la higuera y allí podrá comer todos los que quiera. –Dijo aguantando la risa al ver sus caritas.
Aún hubo que esperar un poco para que se decidieran, pero aquel olor tan rico… Así que el más grande, hizo un pequeño esfuerzo y se aventuró por una rama que descendía desde la entrada. Al ver como se comía el primer trocito y como se relamía, las otras dos pequeñas ginetas le siguieron.
-¡Qué rico mami! –exclamaron los tres.
-Pues, seguidme que hoy lo vamos a celebrar comiéndonos todos los que queramos. Aunque tenéis que tener mucho cuidado y estar muy atentos, pues son muchos los peligros los que esconde el bosque cuando uno es pequeño como vosotros. Aunque vuestro pelo es gris y negro como la noche, y vuestras motas hacen que paséis desapercibidos, el búho tiene una vista magnífica y el zorro un gran olfato. Así que no os separéis de mí hasta que volvamos a la madriguera.
Y en fila india, encaminaron sus pasos hasta el lugar del arroyo donde se encontraba la higuera. Por encima de un grueso tronco de un árbol caído, cruzaron hasta la otra orilla y, caminando sobre un suave limo, fueron caminando entre las zarzamoras y rosales silvestres y los majuelos. Todo era nuevo para ellos. A veces, les llegaban olores que les resultaban muy apetitosos. Les recordaban a cuando su mami regresaba por la noche para darles la cena y venía impregnada de ellos. El bosque era maravilloso.
Por fin llegaron a la gran higuera y dieron cuenta de cuantos higos quisieron. Unos más duros, otros más dulces… Aprendieron que los que estaban en el suelo, eran los mejores pues habían caído por estar muy maduros. Fue la primera lección que aprendieron de mamá. Y tal y como llegaron, tomaron el camino de vuelta y regresaron hasta su reconfortante madriguera. Ahora, tenían sus barriguitas llenas y el sueño se apoderaba de ellos. Así que, tras dar un beso de buenas noches a su mamá, o mejor dicho, de buenos días, pues ellos se van a dormir cuando llega la mañana, se hicieron un rosquito y se quedaron profundamente dormidos.
Mamá gineta, con una tierna sonrisa en la cara, se echó a su lado y los abrigó con su reconfortante cuerpo.

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