LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

LOS ANIMALES EN LA CULTURA POPULAR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA

En este blog, puedes encontrar algunos fragmentos de nuestra cultura popular relacionada con los animales de la Península Ibérica. Así mismo, espero tu colaboración con aportes de aquello que conozcas sobre el tema. Refranes, dichos, leyendas, mitos, poesía, canciones... serán incluidos en la reedición de mi libro Las aves ibéricas en la cultura popular.

miércoles, 8 de abril de 2020

EL CONCIERTO DE LOS ANIMALES




Reuniéronse los animales un tanto extrañados. Era primavera y los campos estaban tranquilos. No se veían humanos andando por los caminos, apenas había gente trabajando las tierras y eran pocos los coches que transitaban por las carreteras. Los que se aventuraban a salir de sus casas, portaban guantes y algo raro tapaba sus caras.
-Pobres –comentó el búho, un ave muy sabia que cada atardecer se asomaba desde su hueco en el cantil. –Están recluidos en sus casas y lo están pasando mal. Creo que nos toca a nosotros hacer un concierto con nuestras voces para que, cuando nos oigan, les sea más ameno su encierro.
Muchos aplaudieron la propuesta del señor búho y a todos les pareció una idea fantástica. Pero se preguntaban que podrían cantar que fuera agradable para los humanos y como se organizarían para hacerlo.
Unos estorninos que estaban en la reunión, muy aficionados a imitar los sonidos, propusieron una canción que en ocasiones habían oído cantar a los hombres y mujeres en la ciudad. Se llamaba “El Himno de la Alegría”.
La elección les pareció muy acertada y se pusieron patas a la obra.
-Entre todos deberemos escoger a los que cantan mejor, los que harán los solos, que instrumentos podemos tocar y quien estará para apoyar y aplaudir, porque está claro que no todos cantamos bien.
A los allí congregados les pareció una gran idea y para empezar, decidieron seleccionar a los que cantaban mejor. Sin temor a equivocarse, se ofrecieron los ruiseñores, las currucas capirotadas, las oropéndolas, los chochines, los jilgueros y los petirrojos.
Para las voces graves, se apuntaron los ciervos y los gamos, acostumbrados a dejarse la voz cada año en las dehesas, apoyados por el avetoro que sin mover ni una pluma y sin pestañear lanzó su profunda voz. –YOOOO.
Muchos fueron los que se apuntaron para hacer los coros. Pinzones, chamarines, carriceros, gorriones, linces, ranas, sapos, abejorros…
La percusión la distribuyeron de la siguiente manera, el picogordo tocaría los platillos, pues tenía un canto un tanto estridente. A la batería estarían los pájaros carpinteros y las cigüeñas y el bombo lo tocarían los conejos. De apoyo, por si alguno fallaba, estaría el urogallo, que de vez en cuando gustaba de marcarse unos redobles. No de la calidad de los carpinteros, pero podría valer.
A las flautas, mirlos y zorzales por supuesto. Eso fue un grito unánime, aunque al final tuvieron que aceptar a los mosquitos como trompetistas.
Las garzas directamente se ofrecieron para ir a por los refrigerios, pues, después de todo habría que hacer una comida de hermandad y ellas sabían que cantaban muy mal. Rápidamente se ofrecieron a ayudarlas los gansos, los martinetes, las grullas, los cuervos y los arrendajos.
Estuvieron dudando un buen rato de quienes serían los apropiados para tocar las palmas, y al final acordaron que los que tenían un canto más parecido a las palmas eran los patos. Pero eso sí, tendrían que estar un buen rato dándole a los picos para que los aplausos fueran generosos.
Pensaron que el aullido de un lobo como colofón, sería fantástico, así que quedaron adjudicados por unanimidad.
Como estarían muchos animales allí, suponían que de vez en cuando, habría que mandar callar, y para eso tenían claro quienes se iban a encargar de ello, las serpientes, que para eso siseaban estupendamente. Además, por si había aglomeraciones, necesitarían a unos buenos mozos encargados de la seguridad y eso les fue encargado a los osos.
Como ambiente festivo que querían dar a aquel espectáculo, pues se trataba de que los humanos disfrutaran, dispusieron que aves de bello plumaje que no fueran a cantar, pasaran volando por las calles a modo de serpentinas y fueron los abejarucos, los martines pescadores, las abubillas y las carracas los elegidos por la mayoría.
Todo dispuesto, eligieron el 8 de abril para rendir este homenaje a las personas que ahora estaban encerradas en sus casas. Es decir, hoy.
Cuando comenzaron a cantar todos a la vez, con el señor búho batuta en mano, los humanos comenzaron a acercarse a las ventanas, a los balcones y terrazas.
-¿Qué es eso mamí? –preguntaron Alfonso y Hugo.
-Son los pájaros hijos y están cantando para nosotros.
Alguna lágrima se le escapó a los más sensibles, recordando a todos aquellos que lo estaban pasando mal, a los que se arriesgaban cada día ayudando a los demás y a los que, por desgracia, no tenían un techo que los cobijase. Aquella música estaba tan bien compuesta, que uno tras otro fueron agarrando la mano del de al lado acabando con una sonrisa en la cara y la ilusión de que aquello, pasara pronto y todos volvieran a respirar tranquilos.

martes, 7 de abril de 2020

LOS BICHITOS DE LUZ




Habían llegado las vacaciones de verano y Jesús, junto a su familia, se trasladó a la casa de campo que tenían sus padres. Allí pasaba todo el día de un lado a otro persiguiendo a los pájaros con sus prismáticos y haciendo lo que más le gustaba, dibujar. A pesar de su corta edad, tenía ya cientos de láminas de los paisajes que le rodeaban y sus habitantes. Se sentaba con su cuaderno de dibujo y un puñado de ceras de colores, resguardado a la sombra de las encinas y pintaba a todo animal que se le ponía por delante. Tenía un retrato de cada una de las vaquitas de su vecino el granjero, que pastaban en una gran dehesa que había junto a su casa.
Tras el desayuno, le gustaba ir a las cuadras del ganado y pasaba horas viendo como las golondrinas, acudían sin descanso para alimentar a sus polluelos que ya estaban bastante grandes. Allí, mientras se comía un trocito de chocolate con pan, aprendía a distinguir los cantos de los pájaros. Los silbidos de los estorninos, el arrullo de las tórtolas, las distintas voces de los gorriones… y así, se le pasaba la mañana en un santiamén.
Por las tardes, no faltaba la visita al río con sus hermanas. Mientras ellas se bañaban en sus cristalinas aguas, él paseaba por la orilla en busca de ranitas, libélulas y tortugas. Siempre armado con su ceras de colores, no había animal con el que se cruzara al que no dibujara, y la verdad, se le daba bastante bien. Le gustaba esconderse tras los juncos para ver como, de vez en cuando, saltaban las truchas para capturar algún descuidado insecto. Tenía que ser muy sigiloso, pues estos peces eran muy desconfiados y tenía que mantenerse muy calladito y quieto. Pero si algo tenía Jesús, era paciencia cuando estaba en la Naturaleza.
Una noche, tras la cena, salieron de excursión para intentar oír a los cárabos cantando en el bosque de robles. Estaba muy emocionado pues, por su corta edad, él no podía salir solo de noche y nunca los había oído. Siempre le habían fascinado las historias que le contaban sobre estos búhos.
Para él, fue una experiencia inolvidable. Nada más adentrarse en el bosque, dos cárabos comenzaron a cantar. Uno lo hacía en una punta y otro le contestaba al momento. Aquel canto tan intenso y todo tan oscuro, le dio un poco de miedo al principio, pero la tranquilizadora mano de papá, hizo que rápidamente se relajara y disfrutara de aquel momento tan ansiado.
Pero fue a la vuelta cuando su corazón se disparó. De pronto, vieron unas lucecitas de color entre verde y amarillo muy brillantes. Estaban en el suelo y se movían muy lentamente.
-¡Papá, papá! -Exclamó muy nervioso. -¿Qué es eso?
- ¡Vaya sorpresa! –Le respondió sorprendido el padre. –Llevaba años, desde que era un niño, que no veía una luciérnaga.
-¿Luciérnaga? Pero mi libro de Naturaleza del cole dice que las luciérnagas vuelan y estas están andando por el suelo. –Dijo Jesús un poco confundido.
-Ja ja ja –Rio Manuel, el padre. –Vamos a coger una, te lo explico y así la ves de cerca.
Jesús estaba emocionadísimo. Una noche fantástica. Había oído los cárabos por fin y ahora habían encontrado luciérnagas…o algo parecido, pensó.
-Vamos, rodillas al suelo. –Y con mucho cuidado, Manuel cogió un pequeño gusano de entre la hierba y se lo puso sobre la palma de la mano. –Mira Jesús, esto es una luciérnaga. Hay unas que vuelan y otras que no. Las que hay aquí no lo hacen y nosotros las llamábamos cuando éramos críos, “bichitos de luz”.
-¡Bichitos de luz! –Exclamó el pequeño. Lo cogió con sus pequeños dedos, fascinado por el color que salía de la parte trasera de su barriga y preguntó: -¿Me lo puedo llevar a casa? Así se lo enseño a mamá y las hermanas.
El padre trató de convencerle de que lo mejor era dejarlo en su sitio para que, cada vez que salieran a pasear por la noche, pudieran verlo. Pero tanto insistió que al final accedió a que se lo llevara, con la condición de que lo tenía que cuidar muy bien.
Al llegar a casa, las voces de alegría se oían por todas partes. -¡Mamá, mamá! ¡Un bichito de luz!
Le preparó una casa en una caja de zapatos. Echó un poco de tierra, una hoja de lechuga y un trocito de pan, esperando así que el pequeño gusano estuviera como en casa.
Su padre, mirándolo con una sonrisa le dijo que no estaba seguro que comiera ni lechuga ni pan. Que tendría que estar atento y que si no comía, tendrían que soltarlo.
Jesús, pasaba horas y horas abriendo la caja para ver a su nuevo compañero. Era su pequeño tesoro. Pero un día, el bichito de luz estaba en un rincón, muy quieto y sin luz. Pensó que lo que necesitaba era un amiguito, y al anochecer, sin que se enterase su padre para no tener que liberarlo, convenció a sus hermanas para que le acompañasen a buscar otro bichito de luz. Tras rebuscar entre la hierba, encontraron otro más y sin perder tiempo, lo llevó para su casa y lo puso al ladito del que estaban dentro de la caja.
Ahora estaba contento porque de nuevo había luz en su cajita, pero también estaba preocupado por el que ya no encendía su barriguita. Una y otra vez, abría la caja para ver si se recuperaba su bichito de luz, pero su sorpresa fue que al día siguiente los dos estaban apagados, como dos gusanos normales. Entonces, llorando, llamó a su padre:
-¡Papá, papá! Mis bichitos de luz ya no la tienen.
-¿Cómo que mis bichitos? ¿A caso has cogido alguno más? Pues me parece muy mal. –Le dijo Manuel. –Los animales salvajes deben de estar en el campo y ahí, es donde tenemos que ir para disfrutar de ellos, sin molestarlos.
El chico secaba sus lágrimas con la manga de su camisa y el padre, tratando de consolarle le propuso ir hasta donde los encontraron y devolverles la libertad. Quizás así volvieran a encender sus barriguitas.
Al anochecer, volvieron al lugar de donde los cogieron y junto a una corteza dejaron a los dos bichitos de luz. Jesús pidió a su papá si podían quedarse un rato y ambos se sentaron sobre una piedra cerca de ellos.
Pasó algo más de media hora, estaba todo oscuro y los cárabos se oían desde el bosque cercano. De pronto comenzaron a verse varios puntitos de color verdoso.
-¡Mira papá! Hay más que el otro día. ¿Habrán venido a saludar a los que yo cogí?
-Es posible. –Respondió Manuel. –Esperemos a ver que pasa.
Al cabo del rato, los ojos de Jesús se iluminaron y la alegría volvió a su rostro. Los dos pequeños gusanos, comenzaron a encender sus barriguitas. ¡Volvían a estar bien!
Muy contentos, volvían los dos para casa. El pequeño, cogiendo de la mano a su padre le dijo: -Sabes papá, los voy a dibujar, así los podré tener siempre conmigo pero sin hacerles daño y cuando quiera verlos, vendremos aquí cuando esté anocheciendo.
El padre, orgulloso de su pequeño y de la lección que había aprendido, le sonrió.
-Claro que sí, mi pequeño.


lunes, 6 de abril de 2020

LA COLECCIONISTA DE BRILLANTES




Un buen día, de esos de primavera en que muchas aves ya están criando o están construyendo sus nidos, ocurrió algo que a la señora granjera, Concha, le sorprendió muchísimo. El día anterior, se le había caído un florero de porcelana azul y como era tarde, dejó para el día siguiente la tarea de recogerlo. Cuando despertó, fue a retirar los trocitos pero no encontró ninguno. Entonces fue hasta el dormitorio de su marido, Martín.
-Cariño, ¿tú has barrido los cristales del florero que rompí anoche?
-¿Yo? –Preguntó extrañado –No me he levantado de la cama hasta ahora. -¿No los recogiste tú? Yo te vi.
-Tan sólo recogí los trozos más grandes, los chicos los dejé para barrerlos hoy por la mañana, pero no están.
-Habrán volado con el viento de la noche. –Le quitó importancia el marido. –¿Tomamos un café?
-Pues sí, no tiene importancia. Sólo que me ha extrañado.
La mañana pasó como de costumbre. Ambos fueron a ordeñar a sus cabritas, a dar de comer a los caballos y a recoger los huevos de las gallinas. Mientras Martín se acercó al huerto, para recoger unos guisantes y unas habas para preparar el almuerzo, Concha se retiró para hacer otras labores en la casa. De pronto, se dio cuenta que faltaban los sombreritos plateados de dos muñecas que tenía sobre la cómoda del dormitorio.
Aquello era muy raro. Rebuscó por el suelo por si el aire que hubiera entrado por la ventana los hubiese podido tirar, pero no encontró nada.
-¡Martín! –Llamó al marido –Esto es muy raro. Faltan los sombreritos de las muñequitas del dormitorio.
El marido, quitándole importancia, intentó darle de nuevo la explicación del viento.
-Sí, lo he pensado, pero estarían por el suelo. Esto es muy raro. –Y girando sobre sus tacones, dirigió su mirada hasta su joyero. –Martín, ven por favor.
-¿Qué te ocurre ahora? ¿Qué no encuentras ahora? –Preguntó el marido.
-Pues que no encuentro los pendientes de piedrecitas azules que me regalaste. Aquí ha entrado alguien y han robado.
-Vamos a ver –Martín intentó tranquilizar a su esposa. –Si hubiese entrado un ladrón, se habría llevado tu collar de perlas que tienes también en el joyero, y sin embargo, está ahí. Seguramente los habrás puesto en otro lado.
Y diciendo esto, sonó la puerta –Toc toc toc –Y asomando la cabeza saludó Beltrán, el pastor.
-¡Ay Beltrán! –Se quejó Concha –Martín dice que no, pero yo creo que alguien ha entrado en nuestro dormitorio y nos ha robado.
Y tras contarle todo al pastor, éste se echó a reír. –Ja ja ja, eso han sido las urracas.
-¿Las urracas? –Preguntaron extrañados los dos.
-¡Exacto! Son muy aficionadas a llevarse cositas que brillan a su nido y si son azules, más aún.
-Pero… ¿Para qué las quieren?
-Bueno, tienen esa manía. Mira, tengo un anillo que nos va a servir de cebo y así las seguiremos hasta su nido y podremos recuperarlo junto a vuestras cositas. –Les dijo Beltrán con una sonrisa en la cara.
Así que colocaron el anillo sobre la mesa y se escondieron para vigilar.
Al cabo de un ratito, apareció una urraca preciosa, con su plumaje blanco y negro. Se dirigió a la mesa del jardín donde habían colocado el anillo y con la ayuda de su pico, lo cogió y se lo llevó hasta el nido.
Beltrán, Concha y Martín se acercaron hasta donde la urraca tenía su casita y efectivamente, allí estaban todas las cosas brillantes que habían desaparecido de la casa junto al anillo del pastor.
Concha y Martín quedaron con la boca abierta mientras Beltrán colocaba de nuevo el anillo de su dedo. –Pero no lo entiendo, ¿por qué se las han llevado?
Y Beltrán, de nuevo con una amplia sonrisa en la cara y quitándole importancia les dijo: -Será porque al igual que vosotros, las urracas tienen muy buen gusto.
Y los tres echaron a reír.

domingo, 5 de abril de 2020

EL COLIRROJO INQUIETO




Cuando llegó el invierno, un pequeño pajarillo vino a la sierra para pasar una temporada. Sus amigos le llamaban Peli, porque tenía la cola de color rojizo, como el pelo de los pelirrojos.
Era un ave discreta, sin muchos adornos como los jilgueros, los abejarucos o los martines pescadores. Simplemente era un pájaro de plumas oscuras con la cola de color rojizo.
Pero tenía una costumbre muy peculiar y era que constantemente zarandeaba su colita de manera que siempre parecía estar nervioso. Volaba de un lado a otro y al posarse, movía y movía su rojiza cola. Eso era algo que no había pasado desapercibido por el resto de pájaros de la sierra.
Cuando él aparecía, todos lo observaban -¿Pero qué le pasa a Peli que siempre está nervioso? ¿Tendrá algún problema? –Comentaban sus amigos –Tendremos que preguntarle por si necesita ayuda.
Pero claro, ninguno se atrevía a preguntarle, pues pensaban que podría molestarse por meterse en sus asuntos. Así que pasaban los días y cada vez había más pajarillos pendientes de aquella manía que tenía Peli.
El pequeño pájaro, comenzó a darse cuenta de que todas las aves de la sierra no hacían más que mirarlo y empezó a sentirse molesto. Eso de que todos estuvieran pendientes de él cada vez que pasaba por un arbusto o se posaba sobre una piedra, le incomodaba. Así que, harto ya de ser la comedilla de toda la sierra, pues hasta los buitres, que nunca se fijan en los pájaros pequeños, le miraban, decidió zanjar el asunto.
Un buen día, en el que el sol ya despuntaba sobre el roquedo, llamó a todos sus amigos y a los que no lo eran pero que no paraban de mirarle.
-Hola a todos –comenzó –me gustaría saber cuál es el motivo por el que no dejáis de mirarme cada vez que me cruzo con vosotros. ¿Acaso tengo monos en la cara? –preguntó un tanto molesto. –Yo no me meto en vuestras vidas y sin embargo, vosotros no paráis de seguirme con vuestra mirada.
Entonces, una collalba que estaba en la puntita de una roca le comentó –Disculpa Peli. Nadie ha querido incomodarte. Tan sólo estamos un poco preocupados porque nos da la impresión de que desde que llegaste a la sierra estás muy nervioso.
-¿Yo? –preguntó Peli un tanto sorprendido. –Yo no estoy nervioso. En absoluto. ¿Por qué pensáis que lo estoy?
Todos los allí reunidos murmuraron entre ellos y miraron a la collalba para que fuera ella quien le dijera lo que todos pensaban.
-Pues verás –continuó la collalba –Nosotros somos pájaros que nos vemos a diario y sólo nos escondemos un poco cuando pasa el cernícalo o el gavilán, pero el resto del tiempo estamos a la vista sobre las rocas de esta pradera. Nos conocemos bien, sabemos cuándo alguien tiene un problema y nos gusta ayudarlo. Desde que has llegado, te notamos algo nervioso. Siempre andas moviendo la cola de arriba abajo, como si algo te inquietara, y nos gustaría saber que es por si podemos ayudarte.
-Ja ja ja –rió el pequeño colirrojo. Os agradezco que os preocupéis por mí, pero no tenéis que hacerlo. No me pasa nada en absoluto.
-Entonces ¿por qué te muestras tan nervioso? Nos tienes preocupados –comentó uno de los mirlos que allí se encotraban.
-No es que esté nervioso. Veréis, antes de venir a vuestra pradera, yo vivía en el norte y antes de venirme hasta aquí, asistí a una fiesta de despedida. Mis amigos de allí querían despedirme porque no volvería hasta la primavera siguiente. Entonces me quise poner guapetón para la ocasión y pedía a mis amigos de allí que me prestasen algunas plumas de color rojo para engalanar mi colita. Ellos fueron muy amables y me prestaron un buen puñado. Pero como me tenía que venir y no pude ver a todos para devolvérselas, siempre estoy pendiente de ellas para que no se me pierdan. Por eso muevo la cola constantemente, para ver que aún están ahí.
-Ja ja ja –rieron todos, entonces no estás nervioso, lo que eres es un pájaro responsable. –No te preocupes, si pierdes alguna, nosotros te ayudaremos a buscarlas y si no las encontramos, te daremos algunas de las nuestras para que se las entregues de regalo.
Desde aquel día, ya nadie se extrañaba de que Peli anduviera de piedra en piedra moviendo su colita y él, conociendo la buena voluntad de sus amigos, no volvió a preocuparse si alguno de ellos, le miraba, porque había aprendido lo grande que era que ellos se preocuparan por él.

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